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Paraiso en extinción

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Las visitas del doctor Jaime Incer, uno de los pocos sabios que en nuestro país han sido, son para mí todo un regalo espiritual. Conoce Nicaragua como nadie, y sufre la devastación ecológica en carne propia, de la que hace inventarios exhaustivos: ríos que se convierten en cauces polvorientos, lagunas que agonizan con la contaminación, fuentes de agua potable que se secan porque el manto freático ya no tiene de dónde dar más, selvas que van desapareciendo invadidas por colonos alentados por mafias, todo dicho en un tono de melancólica impotencia.

La última vez ha venido a traerme un ejemplar de su libro Los volcanes de Nicaragua, editado por la Fundación Uno, y la plática nos va llevando al volcán Masaya y a sus diversos cráteres; al fraile aventurero Blas del Castillo, quien en tiempos de la colonia hizo que lo bajaran por medio de una polea, metido en un canasto, hasta el fondo, donde se agitaba la lava incandescente, para tomar muestras, pues estaba convencido de que aquel magma no era sino oro puro.

Y la historia de los dos ingenieros alemanes, Schönberg y Scharfenber, contratados en 1927 por el gobierno para que idearan la manera de impedir que los gases del volcán siguieran perjudicando a los cafetales de la sierra de Managua. Lo que se les ocurrió fue construir un enorme embudo de hierro que montaron dentro del cráter del Santiago, conectado a una tubería que debía llevar los gases hacia una planta para industrializarlos. Hicieron dinamitar una de las paredes para ajustar el embudo, y entonces sobrevino una catástrofe porque el piso se hundió debido a la explosión, arrastrando consigo embudo y tuberías, en un descomunal descalabro, hacia la boca del infierno.

Aquel volcán me concierne, le digo al doctor Incer. En Masatepe, en días radiantes, me parecía tan cercano, con sus relieves tan nítidos, como si estuviera en el patio de mi propia casa. A medianoche, solía escuchar desde mi cama sus retumbos sobrecogedores. Y antes de que mi padre cerrara su tienda, ya el pueblo en reposo, llegaban los cazadores de venados a comprar pilas para sus lámparas de cabeza, y tiros 22 para los rifles Winchester, y tomaban entonces rumbo hacia las laderas en busca de sus presas. Masatepe quiere decir en náhuatl cerro de los venados.

Solíamos hacer excursiones escolares por sus laderas de arena oscura, hasta alcanzar el cráter apagado del San Pedro, y aquella inmensa colada de lava que se divisaba desde arriba era como vasto paisaje lunar; y junto al volcán, la laguna de Masaya, con sus aguas cristalinas, otro volcán extinto, que era el balneario de Masatepe.

El presidente José María Moncada había hecho dinamitar la roca para abrir un camino que bajaba hasta la laguna al lado del abismo, y en uno de los promontorios mandó colocar una placa en la que se leía: "Lo que vale la voluntad del hombre dirigida hacia el bien". En la costa erigió un chalet al que puso por nombre "Venecia", desde donde despachó los asuntos de estado mientras duró la emergencia creada por el terremoto que destruyó Managua en 1931.

La última vez que bajé hacia el balneario hace algunos años, por aquel mismo camino pedregoso, la laguna de mi infancia se hallaba moribunda. Fue convertida en la cloaca de la ciudad de Masaya, al otro lado del cráter, y en vertedero de basura.

Las casas veraniegas eran sólo ruinas. Me acerqué a la costa, llena ahora de breñales secos, y el agua donde solíamos bañarnos era ahora una nata espesa; las olas empujaban contras las piedras, entre espumarajos amarillos, toda clase deshechos, latas de refrescos, botellas, pedazos de cajas de cartón, zapatos viejos, y los peces muertos flotaban panza arriba.

Otro de los crímenes sin castigo contra la naturaleza, que agobian tanto al doctor Incer. Es como si el empeño común fuera extinguir el paraíso. Nuestro paraíso.

Masatepe, mayo 2017
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