OPORTUNIDADES Y DESAFIOS CULTURALES

LAS PUERTAS DE LA CIUDAD DEL SOL

Sergio Ramírez

Intervención en el VIII Foro Iberoamérica,

Santiago de Chile,

31 de octubre/ 2 de noviembre 2007

   

 En la descripción que Genovés el viajero le hace a su amigo Hospitalario de las magnificencias de la Ciudad del Sol, empieza hablándole del conocimiento. El Sabiduría se llama el personaje que “se encarga de todas las ciencias y de los doctores y magistrados de las artes liberales y mecánicas, y tiene bajo su mando tantos oficiales como ciencias: está el Astrólogo, el Cosmógrafo, el Geómetra, el Lógico,  el Retórico, el Gramático, el Médico, el Físico, el Político, el Moralista, y tiene un solo libro que contiene todas las ciencias, que hace leer a todo el pueblo, a la usanza de los pitagóricos. Y éste ha hecho representar en todas las murallas, sobre las galerías, por dentro y por fuera, todas las ciencias”. Son seis murallas dispuestas en círculos, toda una red de ellas, que contienen todo el saber humano.

            La visión renacentista de Campanella regresa a los albores del siglo XXI para advertirnos de que el desafío contemporáneo más importante para la cultura es, otra vez, el conocimiento, cuando el rápido advenimiento de la sociedad tecnológica nos envuelve en su cauda deslumbrante pero crea a la vez una zona de oscuridad tras su paso, en la que amenaza con dejarnos relegados. La oscuridad que es a la vez el vacío.

            Es el desafío de la postmodernidad, aunque algo nos dice que para enfrentarlo, deberíamos resolver primero el de la modernidad. En términos políticos, y de organización social, de parámetros de educación, y todo eso es parte de la cultura, no somos aún del todo modernos. La modernidad, que fue una tarea del siglo XX, sigue siendo el sueño no resuelto de los fundadores republicanos, cuando dieron a la independencia un sentido de progreso y civilización. Quizás sería mejor decir que en lugar de resolver nuestro acomodo en el siglo XXI, deberíamos terminar de entrar primero en el siglo XX, pero vendría a ser demasiado tarde.

            Uno de los sustentos de nuestra visión del mundo ha sido el pasado, en la medida que hemos seguido peleando por la modernidad. En el pasado encontramos siempre un amago de gloria, o una lección que sacar, y desde su ámbito hemos creído que se puede corregir el porvenir. El pasado tuvo primero que ser presente, y después congelarse en unas cuantas imágenes que se apagaban, pero no se destruían. Hoy, el presente se hace pasado frente a nuestros propios ojos en las pantallas de televisión, y ya no existen acontecimientos lejanos. Lo que tenemos cada día son epopeyas domésticas de fulgor instantáneo, que apenas duran lo suficiente en el presente. Vemos, pero ya no sabemos. Nos informamos, pero ya no nos formamos, y cada vez más tocamos la superficie de los hechos, pero no metemos las manos en su entraña.

            Quizás no nos hemos dado mucha cuenta que desde las pantallas de televisión, y desde las potestades informáticas, también se engendra poder, un poder sin marca precisa, que tampoco viene de ningún sitio preciso, pero emana los hilos múltiples de una red sutil, que nos atrapa cada día. La globalización financiera ha reducido el espacio de maniobra a las economías locales, y sustituyen también a las viejas soberanías de color local; pero el poder transformador que baja desde los satélites no tiene paralelos, y si algo nos recuerda es la perfección del sistema de altavoces de el big brother de Orwells, para vigilarlo todo. Es un poder, al fin y al cabo, político, pero de consecuencias culturales. Nadie ha elegido a quienes nos gobiernan desde los satélites, pero les obedecemos.

Desde las redes de comunicación lo influyen todo, y crean patrones de conducta nuevos, y una nueva idea del papel del individuo en la sociedad, no importa cuán atrasada esta sociedad sea, ni cuán malamente integrada hacia adentro esté, ni que la importancia de esa sociedad en el mundo global sea marginal. Los instrumentos de la postmodernidad, y su poder, más que para países, o sociedades, están destinados a individuos.

En América Latina hemos vivido de la epopeya, que supone a la sociedad como actor, y como escenario, y donde el héroe despunta como expresión de un sentimiento colectivo. El peligro en la nueva era, para nuestra percepción de la historia, es el aislamiento del individuo siendo influido en soledad, el ciudadano sin espacio inmediato de referencia, ya no digamos en su comunidad, sino en el ámbito de sus valores y convicciones, despojado de una historia personal que siempre ha sido la historia de la sociedad, catapultado desde el relieve de un país real hacia el espacio virtual.

Está ocurriendo en el término de nuestras vidas el más formidable de los fenómenos culturales de la historia de la humanidad, y lo enfrentamos de manera pasiva. Cuando después de la independencia intentamos la modernidad, aún no resuelta, tampoco éramos dueños de los modelos que se nos proponían. A lo largo de la historia hemos sido siempre buenos amanuenses del progreso, pero no hemos logrado penetrar en sus fuentes.

La modernidad se nos ofreció en el siglo XIX en su parafernalia más atractiva, buenas constituciones, gobiernos democráticos, educación pública para crear ciudadanos capaces de afrontar el progreso, sociedades integradas. Eran ropajes importados, que quisimos cortar a nuestra medida. Pero si nos fijamos bien, bajo esos ropajes quedamos siempre reducidos a nuestra vieja figura rural, que tantas veces asoma entre sus pliegues, el caudillo por encima de las instituciones, el gobierno de las familias, el autoritarismo sobre la democracia, la desintegración social, la cultura pasiva que no transforma el voto en ejercicio continuado de la democracia. Y la educación, el más rotundo de nuestros fracasos, todavía fiel a modelos sociales que perdieron ya toda su eficacia.

 Y sin haber logrado todavía ser modernos, frente a los nuevos códigos de la postmodernidad somos dóciles, y nos dejamos ir en la corriente. Como antes, tampoco ahora tenemos la capacidad de generar los fenómenos tecnológicos, ni de dominarlos en todas sus consecuencias; pero tampoco podemos influirlos, aún en meros términos semánticos, porque la avalancha cibernética crea sus propios signos, y sus propias tendencias semióticas, y nuestra lenguaje no tiene más que copiarlos, así como nuestros propios sistema culturales, desarticulados y empobrecidos, copian, a su vez, los instrumentos técnicos, y su uso.

Aunque imagináramos una velocidad de crecimiento económico muchas veces mayor que el que se está operando hoy en América Latina, y olvidáramos los retrocesos cíclicos, y esos eufemismos de “décadas perdidas”, la desigualdad económica, la desintegración social y el atraso culturales seguirían incólumes si se les dejara, como siempre, a su propio albedrío.  Las brechas sociales son también brechas culturales.

Nunca hemos sido eficaces en organizar los factores culturales dentro de la perspectiva global del desarrollo, ni en situar el conocimiento científico como base del progreso. Cuánto vamos a saber, y cómo vamos a aplicar el saber, en una pregunta que ni siquiera hemos sabido plantearnos. El mundo del nuevo milenio se divide ya no sólo entre los que tienen y los que no tienen, sino, sobre todo, entre los que saben y los que no saben.

            La globalización no es sólo un fenómeno de integración de mercados, sino de conocimiento, y de uso privilegiado del conocimiento para definir estratos de poder. Como nunca antes, la inteligencia se está convirtiendo en una mercancía: tanto sabes, tanto vales, aplicado a los individuos, pero sobre todo a los países. Los grandes sistemas del saber, que producen dividendos universales, serán cada vez más la clave del dominio mismo de los mercados, y de su desarrollo. La inventiva, la imaginación, no sólo el conocimiento, se vuelven  factores decisivos de poder.

Si no nos preparamos para aprender, en términos individuales y sociales; sino nos aplicamos a organizar sociedades de conocimiento, donde la aventura de pensar vaya a la par con la de imaginar, los abismos de la pobreza, y del atraso, seguirán ensanchándose ante nuestros propios pies.

             La modernidad sigue siendo el escalón roto, el camino perdido hacia nuestra utopía lejana, y la educación establecida, con sus vicios, sus carencias, y sus ambiciones frustradas, no ha podido siquiera hacernos modernos. Llegar a ser sujetos activos de la revolución del conocimiento, significa, primero que nada, ponernos al día. Apropiarnos con ventaja de los instrumentos tecnológicos, y de los factores de multiplicación del conocimiento.

En muchos sentidos, los desajustes del desarrollo, que son desajustes culturales, tienen que ver con la vida social, y por tanto, con la vida política. Al abrirse el milenio, tenemos gobiernos electos en toda América Latina, y estamos aprendiendo a compartir espacios de convivencia que hace apenas un par de décadas no se podían sospechar. Pero la modernización significa, también, que en lugar de la magia del poder del individuo, pueda surgir en la conciencia colectiva, es decir, en nuestra cultura, la magia del poder de las instituciones.

No podemos olvidar que la tendencia del proceso global es la desnacionalización. El torrente diario de información y conocimiento se desplaza por medios electrónicos sin consideración de fronteras; y porque tienen que ver cada vez más con los individuos, y no con las naciones, al hacer caso omiso de las identidades, las descuaja.  En lugar de llorar sobre el cadáver de las viejas soberanías, hay que crear nuevas formas de soberanía.

Pero así como esta nueva filosofía de la vida está creándose en base a instrumentos de un poder de irradiación nunca visto, esos mismos instrumentos, y redes de instrumentos, deben ser usados igualmente para lo contrario, para afirmarnos en nuestra identidad. Mientras no busquemos espacios alternativos propios en el proceso global, terminaremos empobreciendo el rango de nuestras oportunidades de acceder a la primera línea del desarrollo.

Quizás una de las desventajas de nuestra tradición ha sido restringir el concepto de cultura a las manifestaciones del arte y a las expresiones de lo que en términos vernáculos hemos llamado la identidad, quitando a la cultura su sentido global, como instrumento social que identifica, pero también transforma. La cultura que va desde las manifestaciones individuales creativas a la conciencia colectiva que se identifica en determinadas señales y símbolos, pero también las formas en que vemos el poder y somos vistos por el poder, la conducta ciudadana,  los pesos de la educación formal, el tejido vivo de la comunicación masiva diaria en que vivimos inmersos, cada vez más determinante en la formación de conciencia, y con todo esto, la visión del futuro que cambia de forma constantemente frente a nuestros ojos, en la medida en que acerca sus visiones, cada vez más inminentes y veloces.

Enfrentar las necesidades del saber, y de la cultura como concepto total, significa abandonar los caminos tradicionales y aprender a usar los atajos, de los que está llena la era postmoderna en la que ya vivimos. Las redes informáticas y los medios de comunicación cibernéticos dejaron de ser banales, si es que alguna vez lo fueron, y representan oportunidades insospechadas para el aprendizaje tecnológico y cultural, desde las altas matemáticas y la física cuántica, a la literatura y la música.

El acceso al conocimiento tiende a ser cada vez más barato en las redes cibernéticas, y por tanto más democrático, en la medida en que se desnacionaliza, y la frontera entre conocimiento e información se hace cada vez más tenue, como se vuelve cada vez más tenue la frontera entre cultura popular y cultura elitista. 

Pero esto no es una entelequia. La clave del desarrollo estará en sacar provecho de ese nuevo mundo sorprendente que abre sus puertas, una tras otra, en una galería que cada vez parece más infinita. Las puertas de la Ciudad del Sol, detrás de las que se halla el conocimiento total.