REBELIÓN EN LA ALDEA

Sergio Ramírez

El sentido que el movimiento de vanguardia, surgido en Granada en 1931 y gestado durante los años anteriores, imprimió al término burgués, merece ser analizado para poder penetrar, a partir de su comprensión, en la ideología de la narrativa de José Coronel Urtecho, principalmente de sus dos novelas, Narciso y La muerte del hombre símbolo, escritas ambas en el año de 1938, ya que fue el caudillo del grupo, y su inspirador.

Es obvio, como ya se ha señalado en otras ocasiones, que la reacción anti-burguesa que define desde el primer momento al grupo de vanguardia, no apuntaba hacia la burguesía como clase, sino de una manera estética, contra un gusto burgués; la burguesía era en todo caso depositaria del mal gusto, y de una estratificación cultural, sobre todo literaria. 

La ideología expresada por los miembros del grupo de vanguardia en cuanto a sus propósitos literarios —rescate de un alma nacional vernácula, reposición de una autenticidad nacional fundada por la nación colonial y patriarcal, y abolición del complejo de gustos y costumbres creado por una clase comerciante que malversaba ese legado cultural tradicional— es,  en cierto modo, la misma que informará poco después sus inquietudes políticas, inquietudes que se aparejarían con las literarias: restablecimiento de la nación a través de un líder único y permanente, un dictador que se impusiera por sobre los partidos políticos para crear un nuevo orden corporativo. El nacionalismo cobra, cultural y políticamente, su lugar en la ideología reaccionaria, tal como el grupo mismo entra inmediatamente a calificarse: de la vanguardia, a la reacción.

Por comprender el concepto de burguesía creado por el grupo de vanguardia, habría que partir de un examen de la realidad nicaragüense en el año de 1931, y la década precedente: la intervención extranjera se había impuesto desde 1912 sobre los despojos del estado liberal sostenido por Zelaya, y los intentos de modernización política habían retrocedido, al entregarse el aparato económico y financiero a la banca norteamericana, junto con las aduanas y los ferrocarriles.  Los gobiernos conservadores, nada más que un remedo patriarcal de administración pública limitada a funciones de policía de hacienda, al ceder las funciones primordiales del estado a la intervención, dejaron la economía interna reducida al crecimiento vegetativo de una agricultura estacionaria, abortando el surgimiento de una burguesía nacional que a comienzos de la década de 1930 estaba muy lejos de aparecer en Nicaragua, y mucho menos si tomamos en cuenta las condiciones externas impuestas por la recesión económica mundial.

Tampoco podrá pretenderse que en un país que seguía siendo atrasadamente agrícola, el menos caficultor de los países centroamericanos y por ende con una economía de exportación débil, pudiera darse un crecimiento urbano que incubara el nacimiento de una burguesía:  Granada, la ciudad de los burgueses del movimiento de vanguardia, no tenía más de 15,000 habitantes para aquella fecha, una ciudad poblada en su mayoría por artesanos y obreros agrícolas de ocupación en las fincas de los alrededores, ciudad aún semirrural y más que nada provincial, dominada por una minoría de terratenientes y comerciantes, dueños de haciendas ganaderas desde la colonia, y enriquecidos también por el tráfico de mercancías hacia ultramar,  y que se habían estabilizado como una oligarquía de tintes apagados después de la independencia.

 

Los jóvenes del grupo de vanguardia, adolescentes en su mayoría, emergen al final de los años 20 precisamente del seno de este grupo dominante, que había aportado a los tribunos y estadistas conservadores que gobernaron bajo la égida  de la intervención norteamericana hasta 1928.  Desde fuera, a partir de la llegada de Coronel Urtecho desde Estados Unidos a Granada, despiertan a un afán de modernización cultural, de novedades literarias, de una calidad poética  que está ausente del país, cuya elite ha descubierto su marca definitiva en la admiración a la obra dariana, y se negará por mucho tiempo a moverse de allí.   Es el país, pobre y atrasado, intervenido, sin estructuras culturales ni tradición literaria,  analfabeto, heredero aún de una retórica decimonónica y encumbrado en el oropel de la fama dariana, el que permanece ajeno a las importaciones vanguardistas, colocadas aún muy lejos en el tiempo:  Los ismos europeos de la vanguardia, la new american poetry,  T.S. Eliot y Ezra Pound.

Los dardos de los vanguardistas granadinos irán, como es lógico, contra lo que ellos llaman la burguesía, y que no es sino la misma clase dominante empobrecida política y culturalmente: abogados, boticarios, ingenieros agrimensores que se resisten a cualquier modernización literaria, porque se resisten en general a cualquier modernización;  conciben al país como en el siglo XIX, entre la hacienda ganadera y la tienda de comercio, entre el chuzo y la vara de medir.  Pero además, frente a la actitud cultural innovadora de los vanguardistas, estará apareciendo un sector políticamente emergente: el de los grupos liberales que al concluir la guerra constitucionalista han llegado,  siempre bajo la intervención norteamericana, al gobierno, después de la transacción de José María Moncada con los interventores para alcanzar la Presidencia. 

Entre ellos se colocan los retóricos leoneses en un tiempo en que intelectual era, despectivamente, sinónimo de leonés, junto con los profesionales y periodistas departamentales, más provincianos aún, grupos que están en conflicto con los sectores oligárquicos desplazados de la burocracia gubernamental a raíz del arreglo forzado de liberales y conservadores provocados por Stimson, enviado por el presidente de Estados Unidos para mediar en la guerra facciosa.  La clasificación vanguardista de burguesía alcanzará también, por lo tanto, a estos advenedizos que, ajenos a la tradición, no habían tenido que ver con la formación del legado cultural patricio que la vanguardia quiere restablecer dentro de su sentido de patria agraria y católica.

La pretensión de este restablecimiento nacional se encuentra con el afán de renovación cultural, especialmente literaria, y se presenta en un juego alterno a lo largo de la exposición doctrinaria  del grupo.  Se requiere un despertar, una recuperación de las tradiciones del pasado cultural fundado por los abuelos y malbaratado por los padres, según se lee en sus proclamas; y, a la par, se quiere sustituir el gusto mediocre por una literatura estacionada en el modernismo, y allegar una nueva.  La lucha, en  ambos frentes, se hace con insolencia y desplantes, que alborotan a la tranquilidad municipal de Granada.  Actos públicos en el colegio Salesiano, encerronas en la iglesia de La Merced, manifiestos, páginas en el único diario de la ciudad,  El Correo, cuya circulación alcanza apenas el millar de ejemplares.

Si el mal gusto literario es un signo de lo que la vanguardia llama la burguesía (un mal gusto que se extiende a sus hábitos, a sus muebles, a sus lecturas, incluso a sus creencias), las baterías se emplazan, antes que nada, contra ese mal gusto burgués, contra esa falta de autenticidad de vida, contra el culto al dinero por razones estéticas; y la pieza literaria donde tales aversiones y definiciones se plasman con valor auténticamente literario, es La chinfonía burguesa, escrita al alimón por Coronel Urtecho y Joaquín Pasos, y repetirá sus planteamientos en La petenera, pero también, años más tarde, como ya se ha dicho, en las dos noveletas escritas por Coronel en 1938, ya en su retiro del Río San Juan, y cuando la mayoría de los miembros del grupo planteaba ya su pretensión de restablecimiento del estado nacional patriarcal, a través de la figura del líder único que no fue otro que Anastasio Somoza, llegado al poder tras la muerte de Sandino y el derrocamiento de su tío, Juan Bautista Sacasa.

Por eso es interesante ver cómo, para entonces, las noveletas de Coronel Urtecho siguen reflejando esa ideología inicial en cuanto al reclamo por una originalidad personal y una autenticidad de vida, del yo, frente a la pobretona limitación del ambiente provincial y la vulgaridad y mediocridad de aquello que se sigue llamando la burguesía.  Las dos noveletas expresan con suma gracia esa  ideología que cubre su armazón humorística, y en ambas, desde distintas tomas de distancia, la intención crítica se complementa.

En Narciso la vena irónica resalta desde la exaltación, o exageración del ego del personaje, su refinamiento aristocrático llevado hasta lo cómico; Narciso, nieto de un comodoro italiano, descendiente por lo tanto de inmigrantes, se rodea, como defensa frente a la pobreza urbana, de lecturas selectas y objetos de arte, recuerdos de viajes y de mujeres finas, viviendo clausurado dentro de su yo, ajeno por rechazo a una realidad que no le toca sino en lo esencial. 

En las polvorientas calles de Managua sus puntos de contacto son las joyerías, los clubes, los campos de golf, como fantasmagorías casi inexistentes en una capital que, en verdad,  sigue siendo un pueblón de casas de adobe y solares baldíos, que no logra del todo sustituir las ruinas de un primer terremoto.  Mientras tanto, Narciso persigue un ideal abstracto femenino por esos lugares provincialmente mundanos, en la persona de Clara Fonte.  El relato, trazado en forma de un ameno diario de caballero solo, enhebra los planos de apreciación  sicológica de Narciso, que sufre la miseria del trópico frente a su refinamiento espiritual y egocentrista y va buscando una sustitución espiritualmente perfecta que cubra el vacío que dejan todos sus rechazos, incluido el sexo como categoría  manoseada, incluida la sensualidad como valor desprestigiado por el uso burgués. 

Aunque para contar con gracia, y con  eficacia , el autor desecha toda identificación liminar con el personaje, no puede olvidarse que aunque llevadas a su extremo las aficiones puristas de Narciso, su pretensión por una belleza intocada, toda su concepción del mundo, están ya incluida en el catálogo de aspiraciones nacionales del grupo de vanguardia, a la hora de plantear, pocos años atrás , una ruptura  con el pasado decrépito y una  apertura hacia una autenticidad espiritual nueva y  creadora.  No en balde dice Narciso: “¿No sospecha que el profesionalismo mercenario repugna a mi independencia de amateur, de dilatante?”

En el fondo,  el relato es una condena al mundo que rodea a Narciso, no tanto a esa pobreza provincial en la que se mueve, sino a las actitudes y creencias de la burguesía, otra vez pervertidas, principalmente la institución del matrimonio; al casarse Narciso, Coronel Urtecho hace aflorar toda la carga irónica que la noveleta tiene, y salta el resorte del matrimonio como consumación comercial y falsificación permanente de la relación humana, ridiculizado por el grupo de vanguardia, junto con los gustos feos y dudosos, la gramática adocenada y la mala poesía.

Si Narciso cuestiona sarcásticamente el tipo de relaciones predominantes en la “burguesía” local,  La muerte del hombre símbolo va mas a fondo y se erige en contra de la retórica institucional, la libertad de vivir, la íntima sinceridad, y proclama el desenfado puro.  Un respetado político, caudillo civil, mantiene hasta la muerte el secreto de su odio a las instituciones, que él mismo ha fortalecido con su ejemplo, en secreto también su desprecio a la moral burguesa; lo que ama realmente es su libertad de leer simples novelitas policiales, escondidas en su biblioteca tras el empaste de obras de filosofía clásica, su libertad de divertirse con los matchs de boxeo transmitidos por la radio, enterarse de los resultados de los juegos de béisbol, jugar a las cartas y hacer trampas.  La demanda de Narciso por una libertad perfecta respecto del amor burgués y su cauda de conveniencias, es en La muerte del hombre símbolo una demanda de destrucción del aparato convencional con todas sus artimañas, morales y políticas.

En conclusión, si bien es cierto que no puede sostenerse la idea de que para la época existiera en Nicaragua ningún sector social identificable como burguesía, sí existía, por supuesto, una clase dominante, de la cual los vanguardistas mismos surgían en rebelión adolescente.  Y si pudiéramos hablar  de un espíritu burgués, habría que ligar este concepto más bien a una serie de ausencias culturales, porque el culto al dinero y los egoísmos chabacanos, no son sólo privativos de la burguesía resultante de la era industrial, sino también, y perfectamente, de una casta provinciana de finqueros y comerciantes, como en Nicaragua.

Casi una década antes, las vanguardias  europeas practicaron su juego de alardes con ingenio y mordacidad, y pudieron en última y definitiva instancia aportar creaciones artísticas que significaron en su momento una ruptura y una severa contradicción con el gusto establecido, obras que dentro de las leyes del mercado de las sociedades capitalistas de la entreguerra, Alemania o Francia, pasarían después al reino mortuorio de los  museos, ya como piezas digeridas por la burguesía. 

En este último contexto, pese a la grave implicación política de un movimiento que como el nicaragüense estuvo desde el principio condicionado a un nacionalismo entendido como parte de una ideología confesamente reaccionaria, y que se identificaría más tarde con el fascismo, la vanguardia jefeada por Coronel Urtecho provocó una ruptura de los moldes literarios que el modernismo amenazaba con estratificar por largo tiempo, e inauguró una nueva poesía y, en el caso de Coronel Urtecho, una nueva prosa de la cual las noveletas y su dispersa y escasa narrativa posterior serían el mejor ejemplo.  No puede olvidarse que, incluso en 1938, cuando se escriben las dos noveletas aludidas, la prosa narrativa centroamericana camina aún atada a la preferencia criolla y a lo vernáculo, que nunca alcanzarían gran vuelo.