HIJO Y PADRE, MAESTRO Y DISCÍPULO

Sergio Ramírez

 

Nos quedamos esperando por José Martí en Nicaragua desde el año de 1877 cuando en el mes de marzo, el comienzo de nuestro ardiente verano, entró en tierras de Centroamérica, aquella Centroamérica ya desunida tras la ruptura tantos años atrás del efímero pacto federal en que habían naufragado los sueños de Francisco Morazán. Tenía apenas 24 años Martí cuando viniendo de Belice remontó en una canoa las aguas del río Dulce, y luego, guiado por un arriero y su mujer, a lomo de “la más pequeña, rebelde y mal intencionada mula que vio nunca la montaña de Izabal”, llegó a Gualán al canto de los gallos, y bordeando el poblado por un trillo siguió la travesía. Ya oscuro entró en El Roblar, donde comió una frugal cena a la luz de la lumbre de una fogata de leños perfumados, y tras pasar la noche sobre un petate tendido sobre la tierra apisonada, siguió al amanecer hacia San Pablo. A mediodía estaba ya en Zacapa. Era viernes santo, y la urna con la imagen del Cristo yacente, golpeado y ensangrentado, envuelto en su mortaja de seda, recorría a paso lento las calles entre nubes de polvo mientras la trompeta dolida de una banda que tocaba una marcha fúnebre a la zaga de la procesión se alzaba sobre el silencio tan pesado como de piedra.

         La soledad, el cansancio, la travesía a lomo de la mula díscola. El polvo en las cejas y en el pelo. Su amigo de los tiempos de estudiante en Madrid, el oftalmólogo Juan Santos Fernández, lo había tratado en La Habana a comienzos de ese mismo año por una afección de la vista, y en su libro de consultas el médico anotó que la enfermedad del paciente se debía al excesivo trabajo en la corrección de pruebas de imprenta, con mala luz. Le mandó usar anteojos con cristales convexos No.24, pero el paciente no hizo caso. No tenía tiempo para nimiedades.

         El 2 de abril estaba entrando a la ciudad de Guatemala, donde se quedaría hasta finales de año, y no tardaría en entrevistarse con el presidente Justo Rufino Barrios, capitán de la revolución liberal que había destronado a Carrera, el tirano oscurantista amamantado en las sacristías que a su vez había destronado a nuestro general Morazán. Y en agosto de 1878, aún más cerca de Nicaragua, estaría también en Honduras, por rumbos del puerto de Trujillo en la costa norte.

Y lo seguíamos esperando en Nicaragua donde Rubén Darío, entonces un niño de diez años deslumbraba a sus mayores en León —y si era abril, cuando Martí estaba llegando a la ciudad de Guatemala, hacía en León un calor de horno en el que se tostaban en oro las cigarras— recitando largas poesías de memoria, y discutiendo en las tertulias literarias de todas las noches en la casa del coronel Ramírez Madregil y de su tía Bernarda Sarmiento, como Jesús niño en el templo. Debe haber sido por ese tiempo, nos cuenta en su autobiografía que “en un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Eran un Quijote, las obras de Moratín, Las mil y una noches, la Biblia; los Oficios, de Cicerón; la Corina, de Madame Stael; un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica de ya no recuerdo qué autor, la Caverna de Strozzi. Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño”.

El niño poeta de melena alborotada y pobremente vestido, que luego sería aprendiz de sastre para llevar algo del sustento a la casa de la tía Bernarda, que ganaba fama por hacer versos, aún por encargo, para fiestas de cumpleaños y funerales solemnes. “De mí sé decir que a los diez años ya componía versos y que no cometí nunca una sola falta de ritmo”, dice. Y también componía versos para las procesiones de semana santa, una de esas semanas santas de su infancia, como la de 1877 en que Martí pasó por Zacapa. “Del centro de unos de los arcos, en al esquina de mi casa, pendía una granada dorada. Cuando pasaba la procesión de Jesús del Triunfo, el domingo de Ramos, la granada se abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No he podido recordar ninguno... pero sí que eran versos, versos brotados instintivamente. Yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fue en mí orgánico, natural, nacido”.

Martí tenía entonces 24 años, y ambos no se encontrarían sino en 1893 en Nueva York.  Faltaría mucho tiempo todavía. El niño entraba apenas entonces al colegio que los jesuitas habían abierto en el convento junto a la iglesia de la Recolección en León, gracias a que un tío rico podía pagarla la colegiatura y el almuerzo, que luego le suprimió de manera brutal, de la misma manera que le comunicaron en el refectorio la noticia de que ya no podía sentarse a la mesa porque no había quien pagara por su comida. Los jesuitas habían sido expulsados de Guatemala por Barrios, y acogidos en Nicaragua por el gobierno de don Pedro Joaquín Chamorro, y Darío los recuerda bien, porque le enseñaron a los primeros clásicos latinos. “Había entre ellos hombres eminentes”, dice: “un padre Koenig, austríaco, famoso como astrónomo; un padre Arubla, bello e insinuante orador; un padre Valenzuela, célebre en Colombia como poeta”.

Mientras tanto el niño se entregaba a sus libros y a sus versos, Martí conquistaba a Guatemala. Lo invitaron a pronunciar el discurso central en la velada literaria que la Escuela Normal Central dedicaba a los jefes políticos de los departamentos, reunidos en la capital por convocatoria del gobierno de la revolución liberal de Justo Rufino Barrios. Fue nombrado catedrático de Literatura francesa, inglesa, italiana y alemana, y de Historia de la Filosofía de la misma Escuela Normal. Fue admitido como miembro de la Sociedad Literaria El Porvenir,  donde estaban los más destacados intelectuales del país.

Y se decidió a impartir clases gratuitas de composición literaria en la Academia de Niñas de Centroamérica, institución que dirigía Margarita Izaguirre en la antigua calle de San Agustín, hermana ella de su amigo José María Izaguirre, atraído por su pasión pedagógica, y cuándo no, por el implacable femenino.

Y allí empieza una leyenda, la leyenda de la niña de Guatemala, el poema que escribirá 16 años más tarde. Entre las alumnas que se apuntaron a sus clases de composición literaria, se hallaba María Granados, hija del político Miguel García Granados, cuya casa solía frecuentar Martí. Otros dirán que la niña de Guatemala era una adolescente nicaragüense, María Zavala, cuya familia vivía para entonces en Guatemala. Y así se alimenta también la leyenda.

Nunca vino Martí a Nicaragua pero Nicaragua fue a buscarlo primero a Guatemala en la forma de la niña que se murió de amor al saber a Martí casado, si es que nos quedamos con nuestra parte de la leyenda, y fue a buscarlo luego a Nueva York, cuando Darío, que luego sería Nicaragua toda, lo encontró aquella noche, también de leyenda, en Harman Hall. Mientras tanto, sigamos de manera paralela sus dos destinos, antes de que se toquen por un momento a finales de aquella primavera de 1893 en Manhattan, para no volverse a encontrar jamás.

Y esa vez que se encuentran, recordemos, Darío tiene apenas 26 años, y Martí tiene 40, lo suficiente para que lo llame hijo al abrazarlo. Ambos han vivido ya intensamente, han rebasado la copa de la amargura, han pasado por desengaños y frustraciones. Darío, con su vida familiar hecha pedazos, ya viudo, y luego traicionado. Martí, bregando por mantener unido al Partido Revolucionario Cubano, para hacer posible la independencia de su patria. Nada es fácil para ninguno de los dos. 

Tras volver de Chile, ya consagrado por la publicación de Azul que don Juan Valera elogió en una de sus Cartas Americanas, Darío se casó en Guatemala con Rafaela Contreras en 1891, a la edad de 24 años. Ella era su alma de gemela, su Stella, su Ligea, —Ligea, por quien mi alma a veces es tan triste— y siempre habría de evocarla bajo la envoltura etérea de las musas dolientes de Edgard Allan Poe. La boda religiosa no pudo realizarse en San Salvador, donde se había radicado tras su regreso de Santiago, porque el presidente Meléndez, su protector, había sido derrocado por un golpe de estado dirigido por los hermanos Ezeta, y prefirió huir a Guatemala donde fue acogido por el presidente Lizandro Barillas.

Al cerrar Barillas El Correo de la Tarde, el periódico donde lo había colocado, se embarca con su mujer y su suegra hacia Costa Rica, pobre y lleno de deudas, y allá nace su primogénito, Rubén Darío Contreras. Sus penurias económicas no disminuyen, y al subir a la presidencia de Guatemala el general Reina Barrios, vuelve allá bajo promesas de trabajos periodísticos que no se cumplen. Es cuando recibe el nombramiento de secretario de la delegación de Nicaragua a las fiestas del cuarto centenario del descubrimiento que habrán de celebrarse en octubre de 1892 en Madrid, y se va a Panamá para juntarse con el resto de la delegación, con lo que ya nunca volverá a ver a su esposa; y a su hijo, sólo muchos años después en París.

A su regreso de España, y cuando el vapor recala en Cartagena, visita al ex presidente Rafael Núñez en su quinta de El Cabrero, y como Núñez siempre tiene el poder aunque el presidente sea Miguel Antonio Caro, le promete nombrarlo cónsul en Buenos Aires. Se va a Nicaragua con esa promesa, y en enero de 1893 se haya en León donde debe recitar unos versos en las honras fúnebres que se tributan en el Teatro Municipal al ciudadano Vicente Navas. No hay escapatoria para un poeta de su fama en una ciudad donde los entierros se convierten siempre en espectáculos líricos, y según don Edelberto Torres, su mejor biógrafo, los versos que lee entonces los escribe bajo el influjo de Martí:

                   tejo mi corona, llévola

                   para honrar al ciudadano

                   que hubiera puesto su mano

                   sobre las brasas de Escévola...

                   a quien por firme y leal,

                   el deber bronce daría;

                   y quien el alma tenía

                   fundida en bronce inmortal...

        

 En León recibe por telegrama esa misma noche de la velada fúnebre la noticia de la muerte de su esposa Rafaela Contreras a consecuencia de una operación quirúrgica que le han practicado en San Salvador, y se entrega amargamente a la bebida por varios días, una de esas crisis alcohólicas que habrán de repetirse tanto a lo largo de su vida. Cuando despierta de su letargo, como en sueños ve que quien vela junto a su cama es su madre Rosa Sarmiento, a la que tiene 20 años de no ver. Otra historia triste y desgraciada la de su madre, casada a fuerza de la conveniencia con Manuel García, un tendero rico pariente suyo, mucho mayor que ella, y al que dejará por fin para huir a Honduras con un estudiante de abogacía. Un tendero desobligado, una mujer vestida de luto que vigila el dolor de su viudez mientras espera que despierte; esos son sus padres.

¿Y la que será su segunda esposa? No tardará en encontrarla otra vez, antigua novia suya de adolescencia, cuando repuesto de aquella crisis viaja a Managua en busca del pago de sus sueldos atrasados. Rosario Murillo. Cree que la ha desterrado de su corazón, pero mientras va en coche desde la estación del ferrocarril a su alojamiento, al no más divisarla que asoma por la puerta de una casa donde está de visita, se baja del coche y corre en su busca. La garza morena de sus años adolescentes, vuelve a seducirlo.

En la novela Oro de Mallorca, que apenas comenzó, lo que quería era confesar el peor desengaño sentimental de su vida: Rosario Murillo, una musa sórdida y poco letrada, ya no era virgen cuando se casaron. Un agravio imperdonable en una sociedad de horca y cuchillo. En esa novela escogió a un músico como protagonista de sí mismo, Benjamín Istaspes. Un pianista. Y en su piano Pleyel, que siempre permaneció bajó amenaza de embargos judiciales, se esforzaba en ensayar los estudios de Chopin.

Oro de Mallorca transcurre en la isla de Mallorca, y si tiene algún valor es el autobiográfico. Istaspes (no es coincidencia que Istaspes fuera el padre del rey Darío de Persia), le cuenta a la parisiense Margarita, alter ego del mismo Rubén, y pretexto suyo para confesarse delante del lector bajo el tenue disfraz de Istaspes, la conspiración de que fue víctima cuando lo forzaron a casarse. Viudo a los 25 años, era “un buen partido”. Pero también un buen ingenuo.

Era la época de cuaresma en Nicaragua bajo los soles ardorosos, cuando se prenden los montes y suelen ocurrir los terremotos. Una tarde fue llevado por Rosario a una casa abandonada, al lado de la vía férrea frente al lago Xolotlán, a saber bajo qué promesas de deleites. Subieron a la segunda planta por una vieja escalera que crujía bajo sus pasos, y una vez dentro del aposento donde sólo había una cama de fierro y un aguamanil desportillado sobre un banco, de una pieza vecina, separada por un tabique, salió de pronto el hermano mayor de Rosario, Andrés Murillo, armado de un revólver, y detrás suyo, un cura de sotana enlutada, como un ave carroñera.

En su despecho, el autor y protagonista de la novela se cuida de contar que aquella muchacha que así se ingeniaba para atrapar al incauto cisne, había sabido dar muestras de heroísmo a la temprana edad de once años, cuando en 1878 un espantoso aluvión se despeñó tronando desde las sierras sobre Managua. Se lanzó ella a la embravecida corriente que llenaba la calle frente a su casa, con la sola prudencia de quitarse los zapatos, para salvar a aquel hermano que ahora la ayudaba a obtener marido promisorio, y a quien el turbión en el que navegaban cadáveres, troncos de árboles y muebles, ya arrastraba sin misericordia; con lo que podría decirse que al poner la pistola en el pecho del candoroso poeta, no estaba sino devolviendo un viejo favor fraterno. 

El dolor del engaño atormentaba tanto a Rubén como el ridículo. La boda forzada se celebró esa misma tarde en casa de la novia, y ofició el mismo cura carroñero que había aparecido en escena en la casa abandonada. Fue padrino el meritísimo maestro cubano Fajardo Ortiz, inválido de las piernas, quien hubo de ser llevado cargado en un taburete a la ceremonia.  El cura se había abrochado mal los botones de la sotana, y le sobraba el último ojal. No cuenta esos detalles en su novela, lástima, porque los consideró demasiado graciosos para adornar una tragedia.

Rubén confiesa en Oro de Mallorca, sin embargo, que sufrió la más terrible decepción de su vida la noche del estreno nupcial, al encontrar “el vaso poluto”. En la novela, Benjamín Istaspes lo cuenta así a Margarita la parisiense, quien es, además, escultora:

—Perdone, amigo mío, —dijo Margarita, dejando aparecer la sonrisa y la mirada de la antigua “gamine” de la orilla izquierda… —el amor, por allá, debe ser un poco salvaje…

—Como en todas partes, el amor físico, la posesión, es salvaje…la cultura no penetra en nuestros instintos, en nuestras herencias ancestrales. Pero yo amé puramente, y son esas ilusiones las que antaño elevaron mi espíritu de artista y mis ensueños nacientes.

Había acariciado la visión de un paraíso. Su inocencia sentimental, aumentada con su concepción artística de la vida, se encontró de pronto con la más formidable de las desilusiones. El claro de luna, la romanza, el poema de sus logros, se convertía en algo que le dejaba el espíritu frío; y un desencanto incomparable ante la realidad de las cosas, le destrozó su castillo de impalpable cristal. Ello fue el encontrar el vaso de sus deseos poluto…¡Ah, no quería entrar en suposiciones vergonzosas, en satisfacciones que la darían una explicación científica! La verdad le hablaba en su firme lenguaje: “el obex”, el obstáculo para su felicidad, surgía.

Un detalle anatómico deshacía el edén soñado…la razón y la reflexión no pueden nada ante eso. Es el hecho, el hecho que grita. Su argumento no permite réplica alguna…

Conforme el argumento que la realidad escribía para él, Rubén supo luego, y eso tampoco está en Oro de Mallorca, que el amante de Rosario Murillo era el ex presidente Pedro Joaquín Chamorro, aquel que ocupaba la silla presidencial en Nicaragua cuando Martí llegó a Guatemala, y cuando Rubén deslumbraba por su genio de niño poeta a los diez años de edad. Y recordaba con rabia que en los tiempos de su primer noviazgo, estando enfermo el anciano estadista, y corriéndose por agónico, él mismo acompañaba a Rosario a visitarlo, y ella le daba las cucharadas de medicina en la boca, a guisa de ejemplar samaritana adolescente. “Cuando el Señor creó palomas, no debió haber creado gavilanes”, concluye diciendo en su poema Ananké, donde trata sobre la fatalidad de la creación.

 

Distintas suertes sentimentales, es cierto, las del maestro y su alumno. Martí, años después, no evocaría en su célebre poema La niña de Guatemala a una mujer pérfida, sino, por el contrario, a la virgen inocente que sufrió un golpe fatal al ver regresar casado a su antiguo novio, y se lanzó a las aguas del río para ahogarse, para morir de amor, en la más pura tradición romántica que le dictaba la realidad. Martí no era el engañado, sino el engañador. Todos decían que la niña había muerto de frío; él sabía que había muerto de amor. Para mejor apreciar la textura de los dos desengaños, el de él en Oro de Mallorca, el de ella en La Niña de Guatemala,  oigamos ahora la música perfecta de estos versos:


Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.

Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡ la frente
que más he amado en mi vida!...

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor
.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor
.

 

         Sólo y decepcionado es que Darío parte en abril de 1893 de Panamá, donde recibe sus cartas patente de Cónsul General de Colombia en Argentina. Se embarca hacia Nueva York, camino de París, para seguir luego a Buenos Aires. Ya esta en Nueva York. Ya está a punto de producirse aquel encuentro entre el maestro y el hijo, que nunca más volverá a repetirse.

         El maestro anda desde comienzos del año muy angustiado por la lucha de liberación de Cuba. En enero Máximo Gómez ha sido nombrado jefe militar supremo de todos los hombres en armas, y en un mitín celebrado ese mismo mes en Hardman Hall, el Partido Revolucionario Cubano rechaza cualquier política autonomista, porque se trata de la independencia total, o nada. Un poco más tarde Martí le ofrecerá a Maceo un puesto dirigente en el directorio del nuevo movimiento revolucionario, pero Maceo no le responde. La atmósfera está cargada de disensiones, de decires, de pugnas amargas, y lo peor viene cuando los hermanos Manuel y Ricardo Sartorius se lanzan a encabezar una insurrección en Purnio y Velasco, provincia de Holguín, de la que el Partido Revolucionario no sabe una palabra. Cuando la revuelta es sofocada por los españoles de manera sangrienta, Martí se haya viajando por la Florida, crecen los rumores en su contra, y empiezan a culparlo del fracaso. Desde antes de ese fracaso militar tiene que viajar a cualquier lugar de los Estados Unidos donde haya cubanos exiliados, a sofocar los ánimos adversos.

Sale en febrero de Nueva York con gran cautela. Se va a Savannah, donde debía recibir a un comisionado que llega de Cuba, el general Julio Sanguilí,  pero es avisado que lo espera más bien en Fernandina y hacia allá parte, permaneciendo varios días hospedado en el Hotel Florida mientras lo espera. Sigue para Tampa, donde es recibido por los miembros del Cuerpo de Consejo, con los que se reúne en la casa del general Carlos Roloff. Visita los talleres de Pons y de Martínez Ibor, donde habla con los obreros. Por la noche participa en una reunión extraordinaria en el Liceo Cubano, y allí pronuncia un discurso. Al concluir el encuentro, la multitud asistente lo acompaña hasta la estación del ferrocarril, para despedirlo. Toma luego una embarcación de regreso a Tampa. Se va después a Cayo Hueso. Habla ante los miembros del club de partidarios, vuelve a Tampa para visitar el club Ignacio Agramonte, y habla a los trabajadores de la fábrica de Martínez Ibor. A las cinco de la mañana parte hacia Ocala. Ahora está en Central Valley, Nueva York, donde don Tomás Estrada Palma tiene su colegio. Informa al partido, en Nueva York, del resultado de su viaje de propaganda. Sigue para Filadelfia y se hospeda en la casa de Marcos Morales, donde se reúne con numerosos visitantes, luego asiste a la sesión constitutiva del club femenino Hermanas de Martí y a la fundación de la Liga Cubano Americana de Filadelfia. Habla en un mitin de masas que concluye a medianoche. A las tres de la madrugada se encuentra en la estación de ferrocarril, para continuar el viaje. Pasa por Atlanta, camino a Nueva Orleans.

Planea dirigirse hacia Costa Rica, pero la noticia del alzamiento de los hermanos Sartorio lo hace variar de planes.

Está otra vez en Tampa. Participa en un gran mitin convocado por el Cuerpo de Consejo. Su pasión es la unidad, y no deja de referirse a la unidad, tan precaria, en su discurso. Al finalizar el acto, la multitud se organiza frente al Liceo y, precedida por la bandera de Cuba y por una banda de música, lo acompaña hasta el paradero del ferrocarril. Ahora está de nuevo en Cayo Hueso. En el club San Carlos lo esperan cientos de sus compatriotas. ¿A qué horas duerme? ¿A qué horas come? ¿A qué horas escribe? Son tantas sus cartas, sus artículos, sus prosas, sus versos, treinta tomos de escritos. Vuelve, agotado, desvelado, pero siempre febril, a Nueva York, donde ya ha llegado Rubén Darío. El encuentro, va a producirse por fin, y la fecha será la del 24 de mayo de 1893.

         Darío aparece en Nueva York, ajeno a la tormenta que se cierne sobre la cabeza de Martí, pero es entonces cuando va a conocerlo, tras tanto años de admirarlo y de quererlo, Martí que tanto ha escrito también sobre el destino de Nicaragua desde hace tanto tiempo, aunque nunca hubiera venido y lo siguiéramos esperando, preocupado por la construcción del canal interoceánico y por el daño irreparable que una obra semejante, si Nicaragua no toma el control, puede causar a su soberanía. Martí que ya sabe también que las raíces del mestizaje nicaragüense se hunde en El Güegüense, ese bailete popular que se representa en las calles al son de un tambor y una chirimía, y que tanto lo sedujo, como se muestran en escritos suyos.

         “Me hospedé en un hotel español, llamado el Hotel América”; cuenta Darío, “y de allí se esparció en la colonia hispanoamericana de la imperial ciudad la noticia de mi llegada. Fue el primero en visitarme un joven cubano, verboso y cordial, de tupidos cabellos negros, ojos vivos y penetrantes y trato caballeroso y comunicativo. Se llamaba Gonzalo de Quesada, y es hoy ministro de Cuba en Berlín... me dijo que la colonia cubana me preparaba un banquete que se verificaría en casa del famoso restaurateur Martín, y que el “Maestro” deseaba veme cuanto antes. El maestro era José Martí, que se encontraba en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria”.

         Gonzalo de Quesada le dijo que Martí lo esperaba esa misma noche en Hardman Hall, el lugar donde el Partido Revolucionario celebraba habitualmente sus reuniones, y donde Martí tendría que enfrentarse todavía a los descontentos provocados por el fracaso de Holguín, en el que no tenía parte pero que a esas alturas, consideraba que alguna ventaja había rendido para la causa, al exacerbar la odiosa reacción de las autoridades coloniales españolas, y dejar en evidencia que no había conciliación posible, ni otra solución más que la independencia total.

         “Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos como La Opinión Nacional, de Caracas; El Partido Liberal, de México, y, sobre todo, La Nación, de Buenos Aires”, explica Darío. “Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta”.

         Una prosa profusa, llena de vitalidad y color, de plasticidad y de música, el espíritu de un alto y maravilloso poeta, Darío podría estar hablando de sí mismo cuando habla de Martí, porque en esa descripción está atrapando la esencia innovadora del modernismo, que es música, vitalidad, color, aventura, ruptura. Atreverse con el idioma, descoyuntar las viejas estructuras verbales, sacarle un brillo nuevo a las palabras, alterar la sintaxis, acarrear neologismos escogidos por su áurea resonancia, buscar los metros de las canciones populares y de la poesía simbolista francesa. Este parentesco tácito entre Martí y Darío, estaba en el aire del cambio y la renovación necesarios a la lengua y era una empresa compartida que Darío podría llevar hasta el final. El hijo que cumpliría la obra trunca de un padre disperso en mil batallas, la de la poesía una de ellas, la del periodismo otra, la de corresponsal numeroso, pero sobre todo, la de la independencia de su patria, una hazaña tan llena de minuciosas agobiantes, de decepciones y de cuidados, porque hasta querían matarlo, como escribe a Serafín Sánchez en carta del 19 de enero de ese mismo año: “A Vd. puedo decirle que mi enfermedad de Tampa no fue natural, que el aviso expreso que recibí de antemano sobre el lugar, y casi sobre la persona, fue cierto,  y que padezco aún las consecuencias de una maldad que se pudo detener a tiempo”.

         Pero al fin van a encontrarse. Darío relata que fue puntual a la cita, y que temprano de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales de Hardman Hall. “Pasamos por un pasadizo sombrío; y de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre, pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y que me decía esta única palabra. “¡Hijo!”.

         Le pidió Martí que se sentara con él en el estrado, en la mesa de la presidencia del acto,  junto a la dirigencia del Partido Revolucionario. El tímido cisne, que se aterraba ante las multitudes, y que sufría con la idea de que fuera a pedírsela algún discurso, o salutación. Si Martí era el orador por excelencia, él era el mudo por excelencia. Y se sintió aterrado, además, por el hecho mismo de su presencia allí: “¡Y yo pensaba lo que diría el gobierno colombiano de so cónsul general, sentado en público, en una mesa directiva revolucionaria antiespañola!”, Confiesa años después, con humor, casi al filo de su muerte.  Del predicado en que se hallaba Martí a consecuencia de los acontecimientos de Holguín, nos deja también su visión: “Martí tenía esa noche que defenderse. Había sido acusado; no tengo presente ya si de negligencia o precipitación en no sé cuál movimiento de invasión a Cuba. Es el caso que el núcleo de la colonia le era en aquellos momentos contrario; mas aquel orador sorprendente tenía recursos extraordinarios, y aprovechando mi presencia, simpática para los cubanos que conocían al poeta, hizo de mí una presentación ornada de las mejores galas de su estilo. Los aplausos vinieron entusiásticos, y él aprovechó el instante para sincerarse y defenderse de las sabidas acusaciones, y como ya tenía ganado al público, y como pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos discursos de su vida, el éxito fue completo, y aquel auditorio, antes hostil, le aclamó vibrante y prolongadamente”.

         Si alguna contribución prestó Darío a la causa de la independencia de Cuba, fue ésta, la de su presencia en aquel mitín de Hardman Hall esa noche del 24 de mayo de 1893, una presencia que Martí aprovechó para dar pie a su discurso crucial, y terminar de despejar las animosidades de la colonia cubana en Nueva York, después que tras tanta fatiga de viajes había logrado aplacar las de otros tanto lugares en Estados Unidos.

         Salieron a la calle, cuenta Darío, ya Martí seguramente más relajado y contento de su éxito. “No bien habíamos andado algunos pasos cuando oí que alguien le llamaba: “¡Don José! ¡Don José!” Era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso. “Aquí le traigo este recuerdito” le dijo, y le entregó una lapicera de plata. “Vea usted me observó Martí el cariño de esos pobres negros cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la libertad de nuestra pobre patria”.

         He puesto íntegra esta escena del pobre cigarrero negro que le obsequia a Martí una lapicera de plata, porque le dijo mucho a Darío para que no la olvidara nunca, y porque el gesto vale demasiado, si tomamos en cuenta, sobre todo, que precisamente en ese mes de mayo se había declarado una severa recesión económica en los Estados Unidos, provocando ya en el otoño el cierre de numerosas de fábricas y tiendas. La industria del tabaco en el sur fue seriamente afectada, y miles de trabajadores cubanos perdieron sus puestos, con lo que las contribuciones al Partido Revolucionario se hicieron cada vez más exiguas.

         Luego fueron a tomar el té a casa de una dama, a la que Darío juzga inteligente y afectuosa, que ayudaba a Martí en sus trabajos revolucionarios. “Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables, luego me despedí. Él tenía que partir esa misma noche para Tampa, con el objeto de arreglar no sé que preciosas disposiciones de organización. No le volví a ver más”.

         No se volvieron a ver nunca más, ya dije. Un banquete en honor de Darío, que Martí iba a presidir, lo dejó en manos del general venezolano Nicanor Bolet Peraza, íntimo colaborador suyo. Darío partió el 7 de junio para Francia, en busca del París de sus sueños, donde nunca había estado, y donde habría de conocer esa vez a Verlaine, apartado en una mesa del café D´Harcourt,  envuelto en las brumas del hachís. Un poeta americano que quiere conocerlo, le diría Alejandro Sawa a Verlaine, llevando a Darío delante de su presencia.  Darío intentaría una francés en su francés chapurreado, que terminaba en la palabra gloria. “La gloire, la gloire, merde, merde, ancore...” contestaría Verlaine sin alzar la cabeza. Y eso fue todo.

         El 26 de mayo Martí partió para Tampa, y allí se embarcó para Santo Domingo, en busca de encontrarse de nuevo con Máximo Gómez. Tomó otro barco para Puerto Príncipe, y de allí se fue a Costa Rica, para verse por primera vez con  Maceo. Trataba de entenderse con los dos caudillos, y que los dos caudillos se entendieran entre ellos. Volvería después para tratar de reconciliar a Maceo con Flor Combret. Tan cerca de Nicaragua, donde lo seguíamos esperando, porque estuvo en Nicoya. Luego,  en julio de 1893, se embarcó hacia Panamá, en ruta de regreso a Nueva York.  Casi al mismo tiempo, Darío se embarcaba en Francia con rumbo a Buenos Aires. Ya lo sabemos, nunca volverían a verse.

         Martí cae en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, al día siguiente de que nace en Niquinohomo Augusto C. Sandino, como si se tratara de un relevo en la historia. Cae Martí, porque se sube al caballo ya que el general Máximo Gómez lo ha dejado sin ningún papel militar en los combates que se están librando en contra de las tropas españolas, y se siente humillado. ¿Alguna vez han creído los caudillos en los intelectuales? Y Darío jamás habría de perdonárselo, nunca dejaría de lamentar esa muerte de aquel hombre que solo, acompañado nada más de un lugarteniente, fue blanco tan fácil de los fusiles enemigos cuando atravesaba un vado. Era un raro. En Los Raros Darío traza el retrato dolido de Martí, un retrato maestro, que retrata también la lucha de Cuba por su independencia, pero en el que no le otorga el perdón al intelectual caído, que nunca vistió uniforme militar: “Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia de Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. Martínez Campos, que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue leyendo sus dos autores preferidos: Cervantes y Ohnet. Cuba quizás tarde en cumplir contigo como se debe. La juventud americana te saluda y te llora; pero ¡oh maestro!, ¿qué has hecho?”

         “Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bondadosa, me reprende, adorador como fue hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la patria, y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos, de piedra; los ojos de piedra; los labios, de piedra; las barbas, de piedra; la espada, de piedra...”

         El hijo, y su padre. El maestro y su alumno. La noche aquella en Hardman Hall, la del único y último abrazo. El abrazo que todavía no termina.

 

Managua, diciembre 2002