Yolanda Oreamuno (1916-1956) Para otra tumba sin nombre

José Emilio Pacheco

Proceso, México,

4 de junio de 2011

–¿Por qué intentáis dañarla en esa forma?

–Por ser hermosa y delicada. ¿No basta?

Adelaide Crapsey: Susana y los viejos.

“La historia es el relato de lo que nunca ocurrió contado por alguien que no estuvo allí”.  La definición atribuida a Gómez de la Serna describe muy bien lo que es una novela. En Argentina se toma ya por verdad histórica mucho de lo que inventó Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. En México no nos cansaremos de repetir el ejemplo máximo: Chimalistac no es el lugar donde fue asesinado el general Álvaro Obregón y donde hoy se levanta su cenotafio, es decir un monumento funerario sin cadáver dentro, sino el pueblo de Santa, mujer que nunca existió y que sin embargo la novela de Federico Gamboa convirtió en una presencia más real que la realidad. 

“La verdad de las mentiras” es para Mario Vargas Llosa el arte del novelista. Con La fugitiva, que acaba de aparecer en Alfaguara, Sergio Ramírez añade a esta junta de sombras, a esta galería de espectros que ahora podemos conocer como jamás descubriremos a una persona de carne y hueso, la presencia fantasmagórica y muy real de Yolanda Oreamuno (1916-1956), la escritora costarricense que yace en el cementerio de San José bajo una loza sin nada que la identifique excepto el número 729. El 8 de julio caducará la vigencia de este sepulcro. No sabemos si los cuatrocientos seguidores que ella tiene en Facebook se habrán multiplicado para entonces y lograrán que se le dé al fin el memorial del que es digna. También ignoramos si se presentará el hijo que le fue arrebatado y que en 2011 ya tendrá setenta años.

 El don de la desventura

 Durante su exilio en Costa Rica, Sergio Ramírez fue el responsable de Educa, la Editorial Universitaria Centroamericana. Allí rescató La ruta de su evasión (1948), la extraordinaria novela de Yolanda Oreamuno, tal vez la primera narración hispanoamericana que empleó el monólogo interior y el juego temporal propios de la novelística del siglo XX, mientras los narradores de su generación estaban dedicados al costumbrismo o al realismo social. 

Para hacer posible esta innovación que hasta ahora no ha recibido el sitio que merece en un nuestra historiografía literaria, fueron indispensables, aparte del gran talento natural de su autora, varios elementos:  una excelente institución laica y gratuita como el Colegio Superior de Señoritas, una profesora que despertó en sus alumnas el amor por la literatura, una de esas pequeñas librerías con las que arrasó el neoliberalismo, un librero que se atrevió a importar unos cuantos ejemplares de En busca del tiempo perdido y una revista como el Repertorio americano que Joaquín García Monge sostuvo heroicamente en Costa Rica de 1919 a 1939.

Lo que no tuvo Yolanda Oreamuno fue una industria editorial que la apoyara (¿Sería explicable el rotundo triunfo de Borges sin el auge de las editoriales argentinas entre l940 y 1967?), un auténtico ambiente literario con sus revistas y suplementos y una institución universitaria donde pudiera formarse como escritora.

Huérfana de padre en los primeros meses de su vida, no le quedó más remedio que estudiar mecanografía y secretariado y graduarse como perito contable. Perdió su empleo en correos y telégrafos por boicotear la presentación de un declamador franquista. A estas precariedades se sumaban las dos características que desde fuera se considerarían ventajas: su inteligencia y su belleza extraordinaria. Un día, al verla bajar una escalera, los que estaban en el edificio no pudieron sino aplaudirla. Su coetáneo Joaquín Gutiérrez, el novelista de Puerto Limón y gran traductor de Shakespeare, que además fue el más simpático de los escritores, dijo: “Era tal su belleza que el Sol se paraba a verla.” Sí, pero también despertaba la envidia, el odio y la malevolencia que la acosaron toda su vida.

 Las niñas de San José

 Yolanda Oreamuno sobrevivió a intentos de rapto, a una tentativa de violación a manos de su padrastro y se casó con un diplomático chileno que tenía todas las cualidades pero también estaba infectado de sífilis y gonorrea. El marido se la llevó a Santiago y se suicidó ante el sepulcro de sus padres. Ella se  quedó en la casa hostil de sus cuñadas hasta que pudo regresar a Costa Rica donde tuvo la fortuna de hallar a un gran médico que la rescató de las enfermedades y le dio todo su apoyo. El doctor, héroe de la Primera Guerra Mundial, fue asesinado por un paciente enloquecido porque los cuidados terapéuticos no pudieron darle la normalidad imposible.

Cuando el general Cárdenas acabó sin sangre con la dictadura del Jefe Máximo Calles, se refugió en Costa Rica Tomás Garrido Canabal, el anticristo tabasqueño que llevó su odio a la Iglesia católica a extremos de esperpento trujillesco, por ejemplo llamar Castel Gandolfo a su granja de cerdos.  En un restaurante de San José conoció a tres muchachas bellísimas: Yolanda, su compañera de colegio Eunice Odio y la más joven, Isabel Vargas Lizano. Garrido Canabal que era todo menos un abusador sexual, cumplió la ilusión de Isabel: venir a México para hacerse cantante. De las tres sería la única que iba a alcanzar el triunfo y la supervivencia. Hoy, a la sombra del Tepozteco, la niña Isabel es nuestra grande e incomparable Chavela Vargas.

Una leyenda urbana de los cincuenta mexicanos afirma que la célebre “Macorina” fue compuesta por Chavela en homenaje a Yolanda. Lo cierto es que la letra pertenece al poeta hispano-cubano-mexicano Alfonso Camín, el amigo de López Velarde, y que de sus cien libros por desgracia sobreviven nada más los versos que musicalizó Chavela. Sus relaciones con Yolanda, a quien sin duda amó apasionadamente, nunca llegaron al terreno físico.

 La errancia sin fin

Virginia Woolf decía que para convertirse en escritora una mujer necesita un cuarto propio. Yolanda no tuvo ni siquiera un escritorio propio. Su siguiente marido, un líder comunista que hizo en Costa Rica y Guatemala leyes favorables a los trabajadores, ocupaba la única mesa con sus libros y su máquina de escribir. Como muchos hombres de izquierda, este señor creía que su devoción por las masas bastaba para exentarlo de tratar bien a sus prójimos más próximos. No resistió la superioridad intelectual de su esposa ni el revuelo que causaba en todos los hombres y terminó por dejarla y arrebatarle al hijo que tuvo con ella. Pasó de la hoz y el martillo a los rosarios y escapularios y terminó dándose golpes de pecho.

Durante sus años de casada en Guatemala, Yolanda Oreamuno obtuvo el Premio Centroamericano de Novela con La ruta de su evasión, pero el libro no alcanzó a circular en otros países. Siguió la etapa mexicana. Yolanda no logró afianzarse en nuestro medio literario ni convertirse en la estrella de cine a la que parecía destinada por su deslumbrante presencia física. Julio Bracho intentó colocarla pero sus propósitos quedaron en nada.

En esos primeros años, en el ya desde entonces monstruoso DF tuvo un apoyo limitado del gran poeta nicaragüense Salomón de la Selva. Su hermano Rogelio era en el régimen de Miguel Alemán no el simple secretario particular sino una mezcla de gran visir y Córdoba Montoya. (Como siempre sucede en México los poderosos de ayer se convierten en los parias de hoy, aunque bien pertrechados económicamente para sobrellevar la desventura). Sin el amparo de Salomón de la Selva  Yolanda volvió a la vida errante. En Estados Unidos enfermó de gravedad. Por gentileza de otra de sus amigas costarricenses, la siempre solidaria Ninfa Santos, entonces esposa de Ermilo Abreu Gómez, pudo ser internada en un hospital de caridad en Washington. Allí sufrió la extirpación del bazo. Las consecuencias de la operación fueron terribles: las heridas supurantes nunca cerraron.

 Amor, tragedia y muerte de Eunice Odio

 De regreso a México la amparó su amiga y compañera de escuela Eunice Odio. Era casi tan bella como Yolanda e inspiró a muchos poetas mexicanos (“Es grande el mundo Eunice/ como el tranquilo resplandor de tus ojos/ pero no siempre es verde”). La autora de Los elementos terrestres y El tránsito de fuego merece otra novela como la de Sergio Ramírez. Izquierdista furibunda, la enviaron a Guatemala para hacer un reportaje contra el dictador Castillo Armas que había derrocado por orden de John Foster Dulles al presidente legítimo Jacobo Arbenz.

El dictadorzuelo enloqueció por Eunice y le propuso matrimonio. Castillo Armas fue asesinado, al parecer, por órdenes de Trujillo. Eunice volvió a México y se convirtió en anticomunista militante. Con ello se ganó el repudio de toda la intelectualidad guatemalteca asilada en México y por tanto de la izquierda mexicana en su conjunto.

Este drama en el que Yolanda Oreamuno no tuvo arte ni parte contribuyó a hacer aun más amargos sus últimos días. El 8 de julio de l956 murió en el célebre apartamento de Eunice Odio en la calle de Río Neva.  Fue enterrada en el Panteón Francés de San Joaquín en una tumba sin lápida ni nombre. De allí sus restos fueron trasladados a San José en l961 a la oscura fosa en que yacen hasta el momento.

Todavía más trágico fue el destino de su compañera. Una noche de l966 sonó el teléfono de todas las personas que figuraban en la agenda de Eunice Odio.  La voz española de una vecina narró con delectación goyesca cómo y en qué condiciones, a las varias semanas de muerta, fue encontrado en la tina de su baño el cadáver de la otra gran belleza costarricense.

De las tres niñas de San José sólo iba a perdurar contra viento y marea la que más frágil parecía y al final resultó la más fuerte. Hoy el canto bravío y desolado de Chavela Vargas las hace permanecer más allá de la muerte y el olvido. (JEP)