Buenos días.

 

He venido invitada por la Doctora Luisa Lugo, Rectora Delegada de la UCC en León, para exponer mis comentarios o dar mi opinión sobre La fugitiva, última novela publicada por el escritor Sergio Ramírez Mercado.

 

Así que con mucho gusto estoy aquí como escritora y novelista que soy y como asidua lectora que también  lo soy.

 

Debo confesarles que antes de leer La fugitiva tenía mis reservas acerca de la  novela. Reservas o prejuicios que fui adquiriendo al leer reseñas en las literarias, y en las entrevistas al escritor, y a su propias opiniones que me indicaban que esta novela se trataba de la historia de una gran novelista costarricense, Yolanda Oreamuno, caracterizada por un personaje ficticio que el autor llama en la novela Amanda Solano.

 

Francamente me parecía que era un tema con el que Sergio Ramírez podía defraudarme por ser la historia de una mujer que vivió realmente y fue novelista como yo. Por eso dudaba.

 

Me decía: A lo mejor Sergio no ha podido tocar bien el tema.  

 

Y me preparé a priori para defender a mi congénere y colega novelista.   

 

Comencé a leer la novela que está fraccionada en cinco partes o capítulos.

 

Como preámbulo el autor me sitúa en un cementerio de San José, Costa Rica.

 

A medida que me adentro en su lectura la prosa impecable y fluida de Sergio Ramírez comienza a ganarme, a captarme, y a medida que avanzo en el relato me voy dando cuenta que el autor me va convenciendo que las protagonistas son las que hablan en primera persona; mujeres de su época que usan el lenguaje propio de mediados del siglo XX.

 

Sigo avanzando. Gloria Tinoco, la mejor amiga de Amanda, al contarle al que la entrevista, que es el propio autor, sobre la vida de Amanda, adquiere con su lenguaje un tono de gran ternura para describir a su amiga como una mujer muy bella e instruida a la que quiso mucho.

 

De inmediato con su manera de hablar, Gloria Tinoco, en ese lenguaje que el autor le ha asignado, me hace sentir cariño, pesar, por Amanda. Quiero saber como fue todo.

 

Y ya no puedo dejar de leer la novela.

 

En algunos capítulos el escritor nos pone de fondo las corrientes políticas de la primera mitad del siglo XX. De manera subliminal pasan las historias de nuestros países centroamericanos y la de México. Las dictaduras de esa época, las revoluciones, las traiciones, los golpes de estado, contadas por las amigas de Amanda con la mayor naturalidad, como si son cosas que nos caen del cielo como la lluvia.

 

Todos estos acontecimientos parecen banales, meramente circunstanciales para estas mujeres; ya son historia antigua. Aun los muertos en las revoluciones y los golpes de estado. 

 

Las que sabemos o vivimos algo o mucho de esas historias nos sorprendemos  porque algunas veces cambiaron el curso de nuestras vidas y estamos siendo trasladadas por sus voces hacia atrás, hacia el pasado, que ya creíamos superado.

 

Estas mujeres, o sea el escritor, me transportan también a la San José de la época en la que vivió Amanda, a quien insisten ellas en describir, una y otra vez, como una  mujer excepcionalmente bella y elegante, instruida, rebelde como ella sola, que se empecina en desafiar a la sociedad de entonces escribiendo sobre temas espinosos mientras lleva una vida que era escandalosa para su época.

 

Ya el escritor nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro dijo en varias entrevistas algo que me caló muy hondo: “Escribir es un gran riesgo”.

 

E imagínense ustedes, si para un hombre escribir es un riesgo, escribir para una mujer significa un doble, triple, cuádruple riesgo. Se necesita ser muy fuerte para perseverar, para luchar en el mundo de la literatura que en ese tiempo –y creo que aun en el de ahora- era dominado por hombres.

 

Pero la protagonista de La fugitiva se arriesga, desafía, lanzándose con su belleza y su pobreza circunstancial en aguas profundas y turbulentas.

 

Y sobre todo peligrosas para la época en esa ciudad de San José, Costa Rica donde nace y vive casi toda su vida y que Sergio Ramírez parece conocer muy bien. 

 

En el transcurso de toda la novela el escritor no nos pone en contra de Amanda. No la juzga, sencillamente nos  relata su vida en boca de sus mejores amigas.

 

Una palabra tras otra; otro párrafo; otro capítulo. Y su inventiva no se agota, al contrario, cada vez saca nuevos recursos narrativos para tener cautivos a sus lectores porque parece sacarlos de la nada, sin esfuerzo alguno, y la lectora que soy yo en ese momento, quiere saber hasta donde llegará la imaginación del escritor con sus escaramuzas literarias, sus malabarismos lingüísticos.

 

¿Pero de donde sacó tantas palabras en uso o en desuso?, me preguntaba yo mientras leía. Y mientras me preguntaba seguía leyendo y me seguía preguntado: ¿Son mentiras que son verdades que a la vez son mentiras las que narra? ¿Habrá sido la vida de esta novelista así? ¿La habrán contado sus amigas en ese lenguaje fascinante y tan costarricense o habrá sido inventado todo por el escritor?

 

Pues a ver con qué sigue, me digo. Con qué mas me sorprende. Porque aunque ahora ya sé que la vida de Yolanda Oreamuno, o sea Amanda Solano, fue interesante y distinta, no pudo tener tantos bemoles, como decimos aquí, y sin embargo, en la novela es todo tan creíble que no nos queda mas que creer.

 

En el lenguaje de ese tiempo, de mujeres muy instruidas, con cada palabra nos convencen, nos desconciertan, y tengo que leer y releer, porque, de vez en cuando, recuerdo que es el escritor el que está jugando a su antojo con las palabras, las frases y los párrafos.

 

Porque en La fugitiva las palabras forman frases que se mezclan, se enredan, se adelantan y devuelven  y el escritor tan campante de pronto las vuelve a ordenar, a desenredar, lo que me hace como escritora que soy, quedar fascinada porque al cruzarlas y descruzarlas y enredarlas y desenredarlas yo las veo pasar ante mis ojos y me parece que ya se le van a agotar al autor los recursos, cuando él, el escritor, sorpresivamente las recoge, las arregla, para seguir el relato sin inmutarse, divertido por habernos sorprendido y cogido in fraganti.

 

Mientras leo quiero despojarme de mi mente de novelista, o mejor dicho hacer uso de ella, para adivinar los artificios lingüísticos del escritor, sus claves secretas, que todos los novelistas tenemos. 

 

Así me voy convirtiendo en el fiel de la balanza. Tengo que ser neutral. Porque uno de nuestros mejores escritores Sergio Ramírez Mercado personifica en esta novela a varias mujeres.

 

¿Vidas de ficción? ¿Biografías noveladas?

 

No pongo resistencia. Me dejo llevar por la prosa, por el relato, que como un hilo que tiene dos extremos espera nuestra reacción para mantenernos cautivos.

 

La habilidad de Sergio para imaginar cosas, para inventar situaciones, sigue  sobreponiendo ante nosotros en todos las partes de la novela, sin descanso, sin darnos tregua, contando la vida de Amanda Solano y el mundo que la rodea.

 

La novela está compuesta por las entrevistas hechas por el autor a las amigas de Amanda y que constituyen un solo conjunto en lo general, y en lo particular, cada amiga da su versión, y compararlas, constituye el meollo de la trama.

 

Mientras va narrando Sergio, da detalles ínfimos, como un florero, un cuadro, un tapete, un vaso, que dan la sensación de no tener importancia, que son intrascendentes y tienen apariencia casual y entre párrafo y párrafo o en el mismo párrafo, sigue surgiendo sutilmente esta vida conflictiva de la gran novelista costarricense, su pasado, sus puntos de vista inusuales para la época en la que le tocó vivir y escribir sus novelas.

 

El autor intercala o yuxtapone estos detalles ínfimos en la vida trágica de Amanda. Nos describe incluso los vestidos que llevan puesto las amigas para recibirle, los peinados, los abrigos, todo como si fuera la novela el script de una película. Los maquillajes, los zapatos, las telas y adornos de los vestidos y tapetes, todo de acuerdo con la moda de la época.

 

El escritor siempre está presente en la novela pero no como protagonista, hace como hacía Alfred Hichcock en sus películas. Es decir,  es él quien hace las entrevistas pero sin participar en la trama, únicamente toma notas, ve fotografías en los salones de las amigas de Amanda, hace apuntes, se fija en los detalles de los ambientes donde tantos años después, ya envejecidas, encuentra a estas amigas que fueron para Amanda compañeras, consejeras, y apoyo, a la hora de sus apuros y dramas.  

 

Por las entrevistas, que están escritas como conversaciones con estas mujeres que conocieron tan bien a Amanda e incluso admiraron o envidiaron hasta la saciedad su belleza, su elegancia, su osadía, su rebeldía y valor para vivir a su modo, y por  consiguiente, fracasar sin remedio en esa sociedad que no estaba lista para una mujer como ella.

 

Y a través de esas entrevistas a sus amigas es que nos vamos enterando también de sus secretos, sus pecados, sus errores. Tantos que pierde la custodia de su único hijo.

 

Ya Sergio Ramírez Mercado al parecer tenía en mente desde hace tiempo a Yolanda Oreamuno. Seguramente desde que vivió en Costa Rica y supo de la bella novelista, porque son de él estas palabras que escribió años atrás como crítico literario: 

 

Y le cito: 

“Con la misma camisa de fuerza se acusó a Yolanda de ser (¡Por Dios!) libre y escribir con patrones europeos (Proust, por ejemplo) porque la verdadera literatura (otro por Dios) tenía sus fuentes nutricias en la tierra, el paisaje, en lo propio, en lo local, como si la literatura fuera turística. Pero las técnicas introspectivas, los monólogos interiores, los flash back que son la gran revelación hispanoamericana en la novela, al finalizar los años cincuenta -del siglo veinte explico yo-, ya están plenamente y auténticamente establecidos en Yolanda diez años atrás” (Fin de cita).

 

Los médicos curan enfermedades todos los días; los sacerdotes o los siquiatras escuchan pecados o desviaciones; los abogados viven entre litigios, homicidios, pleitos a muerte; así, todos los oficios o profesiones tienen sus implicaciones en la vida de los seres humanos, pero las novelistas y los novelistas, tienen que ser muy fuertes porque sienten dentro de sí o como en carne propia los pesares síquicos y físicos de sus protagonistas; crean y son testigos de las tormentas que azotan sus vidas.    

 Y sin quererlo van adquiriendo la frialdad requerida para narrar. Narrar sin claudicar jamás. Dedicando su tiempo a buscar palabras escogidas acaso para conseguir un final feliz, que casi nunca se encuentra, que muy poco se da.

Las vidas casi nunca tienen un final feliz. Además, la juventud cada vez cree menos en princesas soñadas o príncipes azules.

 

Ya lo dijo el gran escritor argentino Ernesto Sábato refiriéndose al amor en El escritor y sus fantasmas: “El amor ansía lo absoluto, causa por la cual todos los grandes amores son trágicos, porque todos terminan con la muerte”.

 

Las novelistas –y claro que también los novelistas- tienen que tener fe. Cuidarse. Para que las consecuencias de lo que escriben de sus protagonistas no les dañen en lo personal.           

 

Algunas escritoras como Amanda Solano se vuelven fugitivas de sí mismas. Otras a propósito se fugan para siempre. No quieren vivir mas sin poder expresarse, sin ser reconocidas. Sin encontrar un lugar en la sociedad que les toca vivir.

Tantas y tantas mujeres novelistas o poetas se fugan de una vez por todas. Se les hace insoportable seguir, resistir mas, querer expresarse y no ser escuchadas.

 

Para no poder escribir es mejor morir, callarse para siempre.  

 

Todo el ambiente, el sistema, contra ellas. Como le pasó a Amanda Solano. Muchas ni siquiera lo intentaron como su amiga Gloria Tinoco, que comienza su obra y no se atreve a tomar los riesgos.

 

Mientras leía pensaba en algunas novelistas, escritoras, mujeres poetas, que se quitaron sus vidas.

 

Qué pérdida de talentos. Qué desperdicio. Quisieron ser y no fueron.

 

Adiós Virginia Wolf. Adiós Silvia Plath, Alfonsina Stornin, Eunice Odio. Fugitivas por siempre.

 

Adiós Yolanda Oreamuno con una lápida sin nombre. Anónima en la vida y en la  muerte. Por dos veces con un número en tu tumba para conocimiento únicamente de los que administran los cementerios. No te quitaste la vida pero te la quitaron con desprecios y desaire.

 

Un réquiem para todas ellas. 

 

La novela La fugitiva de Sergio Ramírez en cierta manera las reivindica.  

 

Termino el libro de Sergio.

 

Lloro.

 

En el cementerio del principio que es donde termina la novela. “Y sin querer también llorando estoy”, dice una canción de Armando Manzanero.  

 

Descanso. Vuelvo en mí.

 

He leído del autor casi todas sus novelas. Pero La fugitiva es otra cosa, otra novela, otra trama. Y otro drama.

 

Podría decir que la que mas me entretuvo entre todas es El cielo llora por mí con su lenguaje rápido, detectivesco, con una sorpresa en cada página, francamente me divirtió mucho. Me hizo sonreír muchas veces por la manera como el autor usa el hablar nicaragüense de los detectives, de la policía, de los malhechores, de los curiosos.

 

La fugitiva es sin embargo la que me ha conmovido, la que me hizo llorar, la que me hizo hacerme muchas preguntas.

 

 Porque el autor tan hábil ya en su oficio de escritor, con su experiencia, fue narrando con ternura o pesar casi, la historia de Amanda Solano o sea de Yolanda Oreamuno, novelista costarricense del siglo XX.    

 

Pero para ser sincera debo confesarles que el libro de Sergio Ramírez que mas me ha gustado es: Mariano Fiallos Gil/Biografía.

 

Gracias. 

 

                                                                              ROSARIO AGUILAR

 

León, 6 de julio de 2011