Adios Muchachos: Críticas

El naufragio de un sueño

Geovani Galeas
Colaborador Revista ECO
La Prensa Gráfica - El Salvador
25 de mayo, 2000

Con título de tango o de bolero, y en todo caso con la emotividad propia de toda despedida, pero con lucidez intelectual y un rigor ético que no da concesiones en la crítica ni es menos implacable en la autocrítica, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado ha escrito el balance más profundo de las utopías revolucionarias centroamericanas.

Nadie más indicado que él para hacerlo. Hablamos del mejor dotado entre los narradores centroamericanos que comenzaron a publicar en los años sesenta del siglo pasado. Aunque para muchos por desgracia, aquí y en el mundo entero, es sólo un espécimen más en la variopinta y alicaída fauna política regional.

Él, como tantos de los escritores de su generación, postergó su vocación literaria y se precipitó en el mare mágnun de los movimientos revolucionarios. Pero a diferencia de los que murieron en la lucha o se perdieron para siempre en las neblinas ideológicas del panfleto intranscendente -o medraron a la sombra de un éxito editorial efímero a caballo de la "solidaridad internacional"-, llegó a la cúpula del poder, ejerció la vicepresidencia de Nicaragua y fue el rostro intelectual y más amable del sandinismo entronizado.

Habiendo publicado un par de libros de relatos y dos novelas espléndidas, aceptó el llamado del sandinismo en 1977. Aunque no jugó un rol militar, sino exclusivamente político, entró en la clandestinidad, resurgió triunfante en 1979 como parte del gobierno revolucionario y lo integró hasta la catástrofe electoral de 1990.

Cinco años después, rompió con la jerarquía sandinista, intentó una renovación política de la izquierda y fracasó estrepitosamente en una candidatura presidencial.

Regreso a la literatura

Ramírez Mercado regresa entonces a la literatura, con buena estrella, y gana algunos importantes premios internacionales. Pero también se empeña en una tarea moral que los revolucionarios latinoamericanos en general han dejado siempre pendiente, y constituye un déficit importante en nuestra historia: la autocrítica. No esa vergonzante mascarada de verdades a medias, ocultamientos, justificaciones retóricas e imposibles malabarismos conceptuales a que nos tiene acostumbrados la izquierda -por supuesto que hablo también y sobre todo del FMLN-, sino el enfrentamiento, acaso doloroso pero necesario y hasta urgente, de la propia y auténtica historia.

El libro de Ramírez Mercado es paradigmático en este sentido. No se trata tan sólo de una prosa impecable sino, sobre todo, del fundamento ético sobre el cual se yergue. A mi juicio, su argumento central es el siguiente: la idea revolucionaria, que sólo es realizable en el compromiso con los desposeídos, se pervierte en el poder -cualquiera que sea el grado en que éste se ejerza. Y el compromiso se vuelve mascarada, hipocresía, retórica.

Verdad de Perogrullo, si se quiere, pero que una vez objetivada y circunstanciada de la manera en que Ramírez Mercado lo ha hecho, resplandece y descubre en su miseria moral a los que, haciéndose pasar por redentores en el plano de la propaganda, usufructúan en la realidad las no tan santas prebendas a las que su condición de dirigentes les da acceso.

Este libro conmueve, indigna, alecciona y deja en claro las potencias pero también los riesgos de las utopías. No vacilo en recomendarlo como una lectura imprescindible, ni en considerarlo desde ya un clásico centroamericano.


ABC, MADRID

Balance del sandinismo

SERGIO RAMIREZ -  Adiós muchachos - Aguilar. Madrid, 1999.. 304 páginas, 2.500 pesetas.

Carmen Rodríguez Santos

SERGIO Ramírez ha combinado el quehacer político con la literatura y tiene a sus espaldas una extensa obra, con más de una veintena de títulos, entre novelas, relatos y ensayos. En el ámbito novelístico cabe recordar ¿Te dio miedo la sangre? (1977), Castigo Divino (Premio Hammet Internacional, 1988) y Margarita, está linda la mar (Premio Alfaguara, 1998). Pero faltaba en su bibliografía el libro que ahora presenta. Por eso, más allá de las ideologías, Adiós muchachos. Una memoria de la revolución sandinista encierra el interés de lo auténtico y lo honesto. El escritor nicaragüense cumple así con el deber, sobre todo frente a sí mismo, de dar cuenta de un período que transformó la historia de su país. El punto de vista es netamente personal, pues rememora la revolución "como yo la viví, y no como me contaron que fue", y parte de la premisa de que su participación en ella le marcó de manera ineluctable: "Desde entonces nada ha sido para mí ya lo mismo".

Su muy activa militancia en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que, tras décadas de lucha, derrocó al dictador Anastasio Somoza, le llevó a ser miembro, junto a Violeta Chamorro, Moisés Hassan, Daniel Ortega y Alfonso Robelo, de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que se formó en 1979, año en que los guerrilleros del FSLN tomaron Managua. Luego, en 1985, alcanza la vicepresidencia del Gobierno, con Ortega como presidente. Un lustro después, cuando el FSLN pierde las elecciones, es elegido jefe de la Bancada Sandinista en el Parlamento. En 1995 abandona el FSLN y al año siguiente es candidato a la presidencia por el Movimiento Renovador Sandinista. Desde este puesto de protagonista y testigo privilegiado narra con minuciosa y cierta nostalgia –la obra es también un homenaje a quienes de forma anónima hicieron posible el cambio- los diferentes momentos de lo que califica como "utopía compartida", aunque esto no le impide poner de relieve las contracciones de la revolución. Pese a todo, hoy, a los veinte años de su triunfo, Ramírez cree que mereció la pena y que los sueños éticos "volverán tarde o temprano a encarnar en otra generación que habrá aprendido de los errores, las debilidades y las falsificaciones del pasado". A esta labor clarificadora quiere contribuir Adiós muchachos.

(ABC CULTURAL, Diario ABC  - Madrid, 6 de noviembre 1999)


BABELIA, EL PAIS, MADRID:

El Sandinismo, veinte Años después

Sergio Ramírez presenta un melancólico libro de recuerdos políticos.

MEMORIAS. ADIÓS MUCHACHOS. UNA MEMORIA DE LA  REVOLUCION SANDINISTA. SERGIO RAMIREZ

AGUILAR. MADRID, 1999. 294 páginas. 2.500 pesetas.

JAVIER PRADERA

La revolución nicaragüense de 1979 fue la última causa que contó con un abrumador apoyo popular en el mundo entero, comparable a la solidaridad con la República durante la guerra civil española. Miembro del Grupo de los Doce y dirigente del Frente Sandinista durante la etapa de lucha contra la dictadura somocista, Sergio Ramírez, vicepresidente de Nicaragua entre 1980 y 1990, reconstruye la historia de esos apasionantes años con orgullo por los logros conseguidos, tristeza hacia las ocasiones perdidas y lucidez con los errores cometidos.

El talento narrativo del autor de Margarita, está linda la mar domina este melancólico libro de recuerdos políticos, diplomáticos y bélicos; algunos episodios y muchos personales reciben un tratamiento literario cuasinovelesco. El propósito central de Adiós, muchachos es rescatar del olvido una revolución que despertó enormes esperanzas y conmovidas adhesiones; aunque los avances y los retrocesos del flujo de la memoria del autor alteren a veces intencionadamente las secuencias temporales de la obra, la cronología básica y el índice de nombres y siglas de los apéndices permitirán a los lectores reconstruir fácilmente los acontecimientos.

¿Por qué –se pregunta Sergio Ramírez- una revolución que sirvió de argumento a centenares de libros y miles de reportajes "se ha quedado sin cronistas en este fin de siglo de sueños rotos?" Para encontrar la respuesta no basta con advertir que los sandinistas perdieron en 1990 las elecciones y no han conseguido recuperar el poder en los siguientes comicios. Y para entender esas derrotas ante las urnas, a su vez, tampoco es explicación suficiente la ayuda económica y militar prestada por la Administración de Reagan a la contra nicaragüense, un factor desestabilizador que obligó al Gobierno de Managua a aceptar el arbitraje internacional del Grupo de Contadora. La agresión armada financiada por Estados Unidos no sólo produjo miles de muertos, heridos y desplazados, sino que además causó la destrucción material de la economía nicaragüense. Pero Sergio Ramírez, sin infravalorar el papel letal desempeñado por la brutal injerencia estadounidense, tiene el valor moral y político de reconocer que la guerra "aunque alentada desde fuera, llegó a enfrentar al país no estrictamente en términos de clase, ricos vendepatrias contra pobres sandinistas; lo desgarró de arriba abajo, como un cuchillo metido en su entraña misma, cortando a todas las clases sociales y dividiéndolas".

¿Cuáles fueron, entonces, los errores y la carencia intransferibles de un movimiento revolucionario que derribó en julio de 1979 la dictadura de Somoza con la fuerza de las armas, en medio del entusiasmo popular y con la tolerancia de la Administración de Carter? Sergio Ramírez rememora aquellos momentos iniciales en que todo parecía posible y casi todo estaba permitido para construir un universo de inocencia donde las leyes de la oferta y de la demanda fuesen derrotadas por el sentido primitivo de la justicia. Nicaragua no sirvió únicamente de escenario –después de Cuba- para que los dirigentes más ideologizados de las tres corrientes del Frente Sandinista (Guerra Popular Prolongada, Tendencia Proletaria y Terceristas) tratasen de aplicar el recetario marxista-leninista a la economía; además, fue un laboratorio para los movimientos católicos inspirados por el neomilenarismo de la teología de la liberación. Pero esa empobrecida sociedad rural centroamericana de dos millones de habitantes, fronteriza con dos países y dos océanos, no estaba en condiciones de resistir el experimento impulsado por dos creencias redentoristas.

De añadidura, los gobernantes sandinistas se acomodaron rápidamente al ejercicio del poder y de sus privilegios, haciendo bueno el sabio dicho marxiano acerca del papel determinante de las condiciones materiales de existencia de los hombres sobre su conciencia. Después de un viaje de tres días a Nicaragua, Olof Palme, ya de regreso en Estocolmo, envío a sus anfitriones un breve mensaje: "Cuídense, se están alejando del pueblo". La patrimonialización del Estado por los Gobernantes y sus tendencia a utilizar como propios los bienes posicionales públicos se hallan tan generalizadas en todo el mundo que no puede sorprender su presencia en Managua. Pero los dirigentes sandinistas completaron ese tipo de abusos, una vez que las elecciones les obligaron a dejar el poder, con una nueva práctica: la piñata, esto es, la apropiación legalizada a nombre propio de viviendas, fincas y negocios requisados diez años antes por la revolución. Sergio Ramírez lamenta con amarga ironía que de la vieja terminología revolucionaria sólo hayan quedado palabras como piñata –"mil veces peor que la derrota electoral"- y contra en vez de muchachos o compa.

Un ideólogo conservador ha dicho que los sandinistas desalojados del poder por la fuerza de los votos trajeron a la cultura política nicaragüense la sensibilidad de los pobres. A la hora de valorar el legado de esa revolución frustrada, Sergio Ramírez menciona una de las astucias de la razón con que la historia suele engañar a los hombres que se consideran sus demiurgos. Aunque los sectores más dogmáticos del Frente Sandinista nunca renunciaron al proyecto estratégico de un régimen marxista-leninista, las circunstancias les obligaron a la aceptación temporal de un proyecto táctico de pluralismo político: "La gran paradoja fue que el sandinismo dejó en herencia lo que no se propuso: la democracia, y no pudo heredar lo que se propuso: el fin del atraso, la pobreza y la marginación". Y también cabe esperar que los valores y los sueños éticos del primer sandinismo vuelvan "tarde o temprano a encarnar en otra generación que habrá aprendido de los errores, las debilidades y las falsificaciones del pasado".

(Suplemento Babelia

El País, Madrid, 4 de diciembre de 1999)


 

EL PAIS, BARCELONA:

En busca de Rubén Darío

XAVIER MORET

Parece mentira, pero también del triunfo de la revolución sandinista hace ya 20 años. Han pasado más de veinte años del asalto de Edén Pastora al Palacio Nacional de Managua, de la huida del dictador Somoza, de la entrada desordenada de los guerrilleros en Managua, de la llegada al poder de una revolución que parecía que iba a cambiar el trágico destino de los pueblos de Centroamérica y que ilusionó a antifascistas de todo el mundo. Y precisamente porque de todo esto hace ya 20 años, Sergio Ramírez, el que fuera Vicepresidente de Nicaragua hasta 1990, acaba de publicar un libro de memorias, Adiós muchachos (Aguilar), que es la aportación de un testigo excepcional de la historia de la revolución sandinista. Aparecen en las páginas del libro personajes históricos como Fidel Castro, Omar Torrijos, Olof Palme, Daniel Ortega, Bruno Kreisky, Pepe Figueres, Juan Pablo II...., y se entrevén las complejidades del poder y los bastidores de la revolución, pero sin duda la huella más trágica es la de los muertos que quedaron en el camino, la de los sandinistas que lucharon por una revolución que no pudieron ver triunfar. Sergio Ramírez, de paso por Barcelona, insistía en " la tragedia de esas muertes" y subrayaba una decisión crucial de su biografía: cuando en 1975 vivía como escritor becado en Berlín y Armand Gatty le propuso ir a vivir a París para trabajar como guionista de cine en el Centro Pompidou. Ramírez renunció porque la revolución ya se oteaba en el horizonte. "Me hubiera perdido una revolución", dice, " Y hubiera terminado bajando todos los días a comprar Le Monde al quiosco de la esquina para enterarme de las noticias del trópico lejano, una evocación que siempre acaba por aterrarme". "Y por supuesto que no me arrepiento", añade. "El tiempo de los arrepentimientos ya pasó". Tras la derrota electoral del sandinismo en 1990 ("por mucho que los usos del poder nos hubieran enseñado, el fraude electoral no estaba entre las elecciones aprendidas"), y ahora que los votos mantienen en el poder al somocista Arnoldo Alemán, Sergio Ramírez prefiere mirar el mundo en clave literaria. El premio Alfaguara, concedido en 1998 a la novela Margarita, está linda la mar, le propuso un buen espaldarazo. Contaba en aquel libro con dos personajes que siempre han estado presentes en su vida: el poeta Rubén Darío por un lado ("mi obsesión") y el dictador Somoza por el otro. En el escenario de la ciudad nicaragüense de León coincidieron ambos, con 50 años de diferencia. La obsesión por el poeta Rubén Darío (1867-1916) sigue viva en Sergio Ramírez. Precisamente ahora, aprovechando un viaje a Europa, ha viajado hasta Mallorca para investigar la estancia del poeta nicaragüense en la isla a principio de siglo, cuando pareció que allí encontraba la paz espiritual que andaba buscando. "Rubén Darío estuvo en Mallorca en 1905 y volvió en 1913", comenta Sergio Ramírez. "Parece que conoció al mecenas Joan Sureda a través del escritor y pintor Santiago Rusiñol y entabló relación con él. Y también con el pintor Anglada Camarasa y con la pintora Pilar Montaner, esposa de Sureda". Joan Sureda (1873-1947), cuenta Sergio Ramírez, era un personaje curioso, muy católico. "Tanto, que en su viaje de bodas se compró en Suiza un hábito de Cartujo que quería que fuera su mortaja", comenta. "A quién se le ocurre: comprarse la mortaja en la luna de miel...". De este hábito, por cierto, nace una anécdota famosa de Rubén Darío, ya que el poeta se fotografió con él y a partir de la foto corrió la voz de que quería meterse a cartujo. Un hijo de Joan Sureda, por cierto, Jacobo Sureda, fue gran amigo de Llorenc Villalonga y de Jorge Luis Borges, con quién firmó el manifiesto ultraísta de 1921. La estancia de Chopin y George Sand en Valldemossa, y la de Darío en la isla aparecerán en la nueva novela que está preparando Sergio Ramírez. Por ellos ha querido visitar la cartuja de Valldemossa, un mundo bello y extraño que parece detenido en el tiempo. Ramírez visitó la celda de Chopin y también la de Darío, que no está abierto al público, buscando el rastro de ese poeta que le obsesiona. La conversación con Sergio Ramírez es un fiel reflejo de sus dos facetas: La literaria y la política. Rubén Darío se cruza con Daniel Ortega ("ya casi no nos hablamos"), Fidel Castro con La Regenta , novela de la que recientemente estuvo horas hablando con su amigo Alfonso Guerra, y Olof Palme con Iván Turguéniev. Cuando dirige la mirada hacia la Nicaragua actual, maltratada por el huracán Mitch, se sorprende Ramírez de la descarada corrupción que reina en el Gobierno de Arnoldo Alemán. "Ni en el somocismo había habido tanta ostentación como ahora" , comenta con pesar. "Yo tenía 37 años cuando triunfó la revolución", apunta. "Ahora tengo ya 57 años y me considero afortunado de haber participado en ella". Y habla, 20 años después, de sus proyectos de ahora, literarios casi todos, pero sin dejar de mirar a su país con ojos de político. ¿Está seguro de que no volverá a la política?, le pregunto. Y responde: "Le contestaré con una de las mentiras más frecuentes de Nicaragua: Yo a la política no vuelvo".

(EL PAIS, Catalunya, Barcelona

2 de Diciembre 1999).


Nicaragua, a diez años de la derrota sandinista

Adiós a la revolución

Por Arturo Guerrero

Diez años después de la derrota sandinista en las elecciones del 25 de febrero de 1990, el escritor Sergio Ramírez, vicepresidente entonces de su país, ha publicado lo que puede ser el primer gran libro de análisis sobre el auge y caída de la revolución nicaragüense. Su título de tango, Adiós muchachos, y un par de epígrafes poéticos, señalan la nostalgia por una gesta que se llevó el viento, por una utopía que se quemó allá lejos. 

Novelista, poeta y ensayista, Ramírez emprende esta memoria de la revolución sandinista, no como historiador ni mucho menos como sociólogo ni politólogo, sino como un artista que narra desde sus vísceras de militante, de conspirador contra Somoza, de dirigente revolucionario, de gobernante, de candidato derrotado. Pero también de padre de tres hijos rebeldes, de esposo, de amigo de las celebridades de la literatura y de los gobiernos latinoamericanos, de contraparte de los líderes mundiales del momento. En estas trescientas páginas, llenas de flash backs y construidas en el esquema de un huracán caribeño, no hay que buscar un balance de experiencias al estilo de la vieja autocrítica marxista, sino más bien un exorcismo personal, la patente fatigada de una generación de ángeles turbados. 

Ramírez comienza con un juego de palabras, aludiendo a los años revolucionarios como "una época que también fue una épica". Y uno podría completarlo añadiendo que esa época también fue una ética. Entre épica y ética oscila la forma y el fondo de este libro que se recorre a zancadas también como una novela. Epica, porque en sus páginas se asiste, como en el cine, a las hazañas verdeolivas de Edén Pastora y de los muchachos santos que tenían por regla la adoración a la muerte como un premio, y el rechazo a toda propiedad de cosas. Etica, porque el periplo sandinista de lucha contra Somoza primero y contra la Contra después, fue un debate vívido entre una manera pura de ver el mundo y su progresiva disolución en los ácidos sulfúricos del poder político. 

Tras el heroísmo de aquellos empujes juveniles que pusieron en fuga al sátrapa el 19 de julio de 1979, los diez años de gobierno sandinista son un cúmulo de enseñanzas contradictorias para el continente latinoamericano y especificamente para la actual Colombia, transidos ambos por ansias de cambios estructurales. Elevado Reagan al poder del mundo, pocos meses después del triunfo sandinista, y embriagados estos triunfadores con los vodkas y rones de la bodega leninista, Estados Unidos decide cambiar su purgante gastado de invasión de marines, por una medicina más discreta: financiar, entrenar y prohijar al ejército de la Contrarrevolución, hasta reventar no sólo la frágil economía, sino la ingenua política de la emergente revolución. 

De manera que la misma muerte venerada de martirio, que había concedido la victoria a los revolucionarios adolescentes, fue la que les arrebató el mando en las elecciones del 90, cuando el pueblo hastiado de sangres inútiles e incesantes, se negó a seguir suministrando hijos al altar del sacrificio. "Paradójicamente -sentencia el autor-, una filosofía que obtenía su energía de la muerte, empezó a perderla por exceso de muerte". Pero no fue la guerra el único factor de la debacle. En lo alto de su relato, Sergio Ramírez se pregunta con una sinceridad sangrante: "¿hubiéramos creado prosperidad sin una guerra de agresión?" Y su respuesta no es menos áspera: "pienso que aun sin guerra, las sustancias filosóficas del modelo que buscábamos aplicar habrían conducido de todos modos a un colapso económico, a no ser por una evolución pacífica del sistema hacia una economía mixta real, lo que a su vez hubiera demandado una mayor apertura política".

Cualquiera pensaría que en este punto la autocrítica habría bastado, pero no. Hay más. En los tres meses que separaron la derrota electoral, de la asunción al poder por parte de Violeta Chamorro, tuvo lugar la catástrofe ética del Frente Sandinista, cuyos dirigentes, con la disculpa de no desmantelar hacia el futuro las finanzas de la organización, se repartieron toda clase de bienes y riquezas, en operación que pasó a la historia con el vocablo acusador de 'la piñata'. "Mil veces peor que la derrota electoral fue la piñata. Esta operación de demolición que hundió, antes que nada, una opción de conducta frente a la vida, aún no ha terminado", acusa el escritor, que a la postre terminaría rompiendo lazos con el sandinismo oficial, un dios Saturno que ahora lo tiene entre sus fauces.

¿Qué se salva, entonces, de esta revolución de ángeles? El autor de Adiós Muchachos insiste en que su máximo legado fue el establecimiento de la democracia. Pero resulta que exactamente lo mismo reclaman los comandantes de la Contra. Oscar Sovalbarro, uno de ellos, les dijo en septiembre pasado a los corresponsales de El País y de Le Monde, en gira por la región, que "sin la guerra contra el sandinismo no hubiéramos tenido jamás democracia. Gracias a las armas tuvimos elecciones libres". Quizás la solución, salomónica en este caso, la da el propio Ramírez cuando reconoce que "el nuestro fue un régimen muy democrático, en un sentido nuevo, y muy autoritario, en un sentido viejo... La gran paradoja fue que el sandinismo dejó en herencia lo que no se propuso: la democracia, y no pudo heredar lo que se propuso: el fin del atraso, la pobreza y la marginación".

Y fue un ideólogo conservador de la misma Nicaragua, Emilio Alvarez Montalván, quien le dio a Sergio Ramírez la sentencia definitiva acerca del verdadero legado de la revolución, ya cuando ésta había sido derrotada en las urnas: "el sandinismo ha traído por primera vez a la cultura política nicaragüense la sensibilidad por los pobres". Esta es una de las herencias indelebles, concluye Ramírez: "los pobres siguen siendo la huella humanista del proyecto que se fue despedazando por el camino".

Cerrado el libro, queda faltando una pregunta, que en cambio sí hicieron los corresponsales europeos mencionados arriba, extensiva a toda Centroamérica: ¿Valió la pena la guerra? "Si bien muchos creen que sí -responden los periodistas-, todos reconocen que el precio fue excesivo... Nuevos proyectos de nación se erigen hoy sobre más de 300 mil cadáveres". Lo mismo opina el legendario Edén Pastora, quien hoy intenta en Managua conseguir 25 mil dólares para financiar su campaña a la presidencia en 2001, y mientras tanto recapitula así su vida: "Más que el asalto al Palacio y mis cuarenta años de lucha, lo más grande que he hecho en mi vida ha sido dejar el fusil y haberme abocado a la lucha cívica. Como la derecha, defiendo la libre empresa, y al mismo tiempo, como la izquierda, persigo la justicia social".

Diario El Tiempo
Bogotá, Colombia
27 de febrero, 2000

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