El cielo llora por mí: crónica de la ciudad de Managua

 

*A propósito de la reciente novela del escritor nicaragüense Sergio Ramírez

 

El estilo irónico y mordaz, se asoma por los entretelones de la indagación policiaca de los delitos referidos al narcotráfico que se mueve entre el Caribe y el Pacífico con un vaivén de corrupción y muerte.

 

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Isolda Rodríguez Rosales

 

En los años setenta y ochenta, cuando estudiábamos los Fundamentos de la estética marxista y los postulados del viejo Lenin sobre arte, las discusiones acaloradas apuntaban que el arte y por ende, la literatura, eran reflejo o espejo de la sociedad. Es decir, el realismo socialista se basa en el principio de la verdad y en la representación concreta de la realidad.  Desde entonces, han pasado “lentos los años” y a pesar que las estatuas de Lenin ya ruedan convertidas en chatarra, algo de estos postulados guarda su razón de ser, porque el escritor utiliza como material escritural los referentes inmediatos y mediatos de la sociedad.

Así, no es casualidad que el escritor Manuel Martínez, publicara el año pasado la novela Pasada de cuentas (ANE-Noruega-CNE, 2008) abordando de manera similar a El cielo llora por mí,  el tema del narcotráfico. Y es que la aldea global se mueve articulada por nuevos hilos y los antiguos “gansters” han sido superados por los capos de la droga de los cárteles de Sinaloá, Medellín, y otros más.

Sergio Ramírez, igual que Manuel Martínez, con escenarios casi idénticos, recorren el mundo turbio del narcotráfico, con las consecuentes pasadas de cuenta, cuerpos flotando en la cuenca de Pearl  Lagoom, mercancía que transita clandestina por Kukra, River, Laguna de Perlas, El Rama. Barcos abandonados en las riveras caribeñas y la policía luchando, sin recursos, para seguir la pista al delito y a los delincuentes de la droga.

En esta nueva novela, Ramírez se nutre de la crónica periodística, la nota roja, que ha confesado, admirar como material de escritura. El cielo llora por mí, es la historia de dos policías que haciendo gala de los conocimientos adquiridos en la lucha clandestina contra el somocismo, y entrenados en los albores de la Policía Sandinista, urdiendo supuestos y acertando algunas veces, logran desenredar la larga madeja que inicia con la aparición de un yate de lujo abandonado y el cadáver de Sheila Marenco, víctima y cómplice del delito.

Escrita en forma tradicional, con un narrador extradigético, sin sorpresas literarias y un empleo narratológico sencillo, el mérito del autor es manejar la trama con el debido suspense, de manera que el lector no es capaz de dejar de leer hasta llegar al final y saber quién mató a Sheila y quiénes estaban detrás de la reunión de capos.

Hay dos delitos vinculados: el asesinato de la mujer y la planificación de una reunión de los jefes del narcotráfico. Detrás, un submundo de delitos, como casinos, jueces corruptos, blanqueado de dinero, hotelitos baratos construidos con ese dinero y hasta autos BWM para los fieles colaboradores.

La sorpresa de este relato es la aparición de un personaje femenino,  de  gran astucia,  adquirida en los tiempos de la lucha guerrillera.  Se trata de Doña Sofía, con una gran intuición para detectar los hilos sueltos de la trama y con el valor de introducirse clandestinamente, en el antro del delito. Ella es quien elabora posibles hipótesis para resolver la investigación y por tanto, desempeña un rol de gran importancia, pero que al avanzar el relato, va diluyéndose sutilmente.

Pero más que el relato del tráfico de droga y su larga cola de delitos, Sergio Ramírez descubre al lector una Managua sucia, calurosa, encerrada en casas enrejadas, una ciudad caótica, con direcciones surrealistas que tienen como referencia, árboles, cantinas, panaderías, sorbeterías, que existieron antes del terremoto.

El narrador se detiene y entretiene con las descripciones de los barrios populares, como El Edén, donde vive el inspector Morales. Y los repartos de moda en Los Altos de Santo Domingo donde el lujo de las mansiones obliga a repensar en el blanqueo de dinero.

Con el narrador podemos recorrer las pistas congestionadas, hacer los altos consabidos en las rotondas de Cristo Rey, de Metrocentro, Rubén Darío, donde el autor hace gala de su usual ironía para burlarse, como suele hacerlo, de la estatua rígida de Cristo con los brazos en alto, o de la fuente con agua de colores, que deslumbró a los capitalinos en su momento. La proliferación de gasolineras, los fast food, la comida y la cultura norteamericana colándose por los resquicios de nuestra miseria.

Ramírez alude también a los problemas sociales del momento, las huelgas de médicos que demandan salarios justos, los estudiantes en apoyo a estas demandas o presentando las propias. Los policías antimotines, los lanza morteros tristemente célebres, los buses atiborrados, destartalados, abriéndose paso en forma agresiva en el congestionado y agobiante tráfico de Managua.

Podría decirse que la capital de este país se constituye como protagonista de este relato, una ciudad caótica y donde conducir ya se ha vuelto una verdadera pesadilla. Véase este ejemplo: “el tráfico comenzaba a embancarse y crecía el coro insistente de las bocinas. Los buses buscaban como retroceder, y así le cerraban el paso al camión de bomberos que, impotente, dejaba oír de vez en cuando los bramidos sincopados de la sirena.” (Ramírez, 2008: 178)

No omite detalles que permiten conocer la cultura popular, las comidas, diversiones y hasta los vicios tan comunes hoy como es el juego en los casinos. Así el inspector Morales come en una “fritanguería”, en una hoja de higuera, con la mano, “chancho colorado a punta de achiote, tajadas fritas de plátano maduro, queso también frito y moronga…” (168) (cero colesterol). Infaltables las cervezas en las reuniones informales con Lord Dixon o el café rancio en las pláticas con doña Sofía. No podía faltar la tradición y culto a Santo Domingo, que los inspectores explican basándose en la interpretación que hiciera Alejandro Dávila Bolaños: el culto a Xolot fue sustituido por el diminuto santo, como medio de imponer la cultura cristiana y erradicar la pagana. Todos los hechos tienen como trasfondo  los preparativos de las fiestas a santo Domingo. “Domingo, Mingo, Minguito. Pronto traerían a Managua su minúscula imagen en procesión  desde su santuario de las Sierritas, bailando en hombros de sus cargadores en la algarabía carnavalera de todos los años”. (72)

Ramírez pinta sin tapujos una ciudad desordenada, sucia, desprotegida del decorado urbanista y decorada con consignas, llena de bajareques y rodeada de árboles muertos, pero en las sierritas, donde antes se cultivaba café, ahora proliferan los repartos de lujo, defendidos por enormes muros, casas con lujos absurdos como la de Giggo, con aspecto de pagoda china.  Se palpa la ironía del narrador al describir estas contradicciones sociales y la aculturación de un país que carece de identidad arquitectónica y toma los modelos de las casas gringas: “Abundaban por aquellas latitudes las casonas de estilo colonial tipo misión californiana, copiada  al gusto, lo mismo que las versiones a escala disminuida de los palacetes tipo Biscayne Bay, y no dejaba descollar uno que otro frontis de columnatas tipo Tara, en recuerdo de Lo que el viento se llevó”. (215)

En este recorrido al lado del inspector Morales, en su viejo y destartalado Lada, encontramos una ciudad desamparada,  donde la gente se protege dentro de sus casas con enrejados que dan a la ciudad un aspecto de cementerio. Con descripciones descarnadas, Ramírez logra recrear la pobreza, el caos, los vicios, la falta de valores que han convertido nuestro suelo en corredor para el narcotráfico. No hay escrúpulos en matar, asesinar mujeres, policías, cómplices o no, mientras los capos acumulan capitales construidos sobre la sangre de sus víctimas.

Es pues, esta novela un reflejo de una sociedad que se tambalea entre el incipiente neoliberalismo y al rescoldo de las reformas sociales. Ubicada en los años noventa, durante la presidencia de Arnoldo Alemán, el narrador refleja la nostalgia de ciertos sectores de la policía antidrogas que aún añoran la década de la revolución.

El estilo irónico y mordaz, se asoma por los entretelones de la indagación policiaca de los delitos referidos al narcotráfico que se mueve entre el Caribe y el Pacífico con un vaivén de corrupción y muerte.

Sergio Ramírez incursiona por segunda vez en el género negro. La primera con la exitosa novela Castigo Divino. Ofrece una narrativa más sencilla, de lectura fácil y cautivante, dejando atrás los ejercicios extenuantes de saltar en el tiempo y en el espacio, tan usuales en Margarita, está linda la mar  o Una y mil muertes.

El narrador cuenta una historia: la del crimen y el mundo de los narco, pero al mismo tiempo, construye una crónica de la ciudad de Managua, pintando con un realismo sorprendente los detalles del mapa geográfico y cultural de una ciudad que oscila entre las tradiciones como las fiestas de santo Domingo, y la aculturación marcada por la globalización que amenaza con destruir nuestra identidad. Seguro que esta novela apasionará a los y las lectores/as amantes del género de intriga.

 

Tomado del Suplemento Nuevo Amanecer Cultural de El Nuevo Diario. Sábado 14 de marzo de 2009. Managua, Nicaragua.